En viajes anteriores, mayormente de compromisos de trabajo, una vez más me di cita a estas enigmáticas costas, a diferencia del pasado, esta vez fue por placer y con un carácter de autodescubrimiento.
Con el alma encendida y los sentimientos al rojo vivo llegué al aeropuerto internacional de San José del Cabo. Entusiasmado por el reencuentro con mi familia y viejos amigos inicie esta pequeña travesía. De inmediato la gastronomía, como es común en mi vida, se hizo presente, no pasó mucho tiempo desde el momento que llegué, hasta el punto que en mi boca ya se deslizaban sedosamente uno de mis manjares predilectos del lugar, los ya muy conocidos burritos, elegí, para no romper mi tradición, el de atún ahumando (debo señalar mi favorito), de prisa y sin mayor ceremonia fui instalado en mi hotel y inmediatamente después bajé a que el agua del mar de Cortes acariciara mis pies desnudos.
Magnificas las horas en las que, una vez más, fuimos uno la arena, el mar, el tiempo y yo. Nada importaba, sólo el momento. Se hizo tarde, el inevitable marchar del reloj se hizo presente, pero ese día nada podía arruinar mi estancia en esta pequeña ciudad. Así que sin más regrese a mi hotel, un cálido baño me dio las fuerzas para seguir con la jornada, cargado de emociones regresé al centro de San Lucas. ¡Era la hora de la cena! Conociendo el menú de pies a cabeza y los mejores lugares para una buena cena, entró en mí la duda, ¿Qué cenaré?, Por la cercanía al centro y con el tránsito de turistas al por mayor decidí cenar en un restaurante con mucha tradición en Cabo San Lucas, sin más, y con un rápido parpadeo ordené uno de los platos representativos de este restaurante, un plato en combinación que se compone de: tacos de marlín, camarones, langosta y pollo, muy tradicional. Era hora de recordar viejos tiempos, eso es lo importante, siempre me inclino a lo tradicional pero sin cerrarme totalmente al camino de la vanguardia. Desgraciadamente y para mi sorpresa me fui muy desilusionado, en muy pocas ocasiones me había sucedido en este lugar algo similar, la langosta estaba pasada, dura y fría. Curiosamente había elegido el plato principalmente por los tacos de langosta, para mí es muy común disfrutar de una buena langosta en esta ciudad, debido a su frescura, yo mismo cociné algunas aún vivas aquí, pero con la experiencia, deduje que la tenían congelada, sólo así la carne endurece tanto, ni un exceso de cocimiento lograría darle esa textura, la cena fue un total fracaso, no había duda.
Era tarde ya, hora de regresar al hotel a descansar.
A la mañana siguiente, me di cita en el cabo siguiente, San José del Cabo, ya mi familia me estaba esperando, fui invitado a una de las playas más hermosas que he tenido la oportunidad de conocer: Barrilitos, a tres horas aproximadamente del aeropuerto, sobre la transpeninsular y con un camino rural de media hora. La playa, magnifica, aunque no con el mejor tiempo que hubiéramos deseado, el agua de color turquesa, radiante, con una atmósfera que sólo la península de Baja California puede ofrecer, el día entero lo pasé allí en compañía de mis seres queridos, y una vez más la comida no se hizo esperar, fui convidado de la comida “playera” de mi madre por así decirlo, y sin presumir me atrevo a decir ¡que deliciosa comida!, para ser sincero y criticándola fuertemente me atrevo a decir que es una de los mejores que he tenido la oportunidad de degustar. El ceviche de marlín fue sin duda el manjar del día. Que enriquecedora experiencia.
Tras haber recorrido en los días pasados Médano, Lover Beach, Barrilitos y Santa María, fue el turno de Chileno Beach, una pequeña playa ubicada en el corredor turístico de San José del Cabo, sobre la carretera tras peninsular entre los dos cabos. Con poca gente y mucha naturaleza que disfrutar me día cita nuevamente para compartir con el mar su ir y venir, el arrullar de sus aguas acariciando la playa, no me quedó más que someterme a la voluntad de la naturaleza, mi vista fue deleitada con el jugueteo constante de un cardumen de pequeños peces, no más grandes que un huachinango, una tortuga marina también se hizo presente nadando muy cerca de la playa, y para no variar demasiado un marlín, pequeño como de unos treinta kilos, hizo su aparición, mostrando su aleta dorsal y pico, ¡que festín de posibilidades ofrece este mar!.
La noche no se hizo esperar y después de una “naturo-terapia” tan gratificante como lo acabo de detallar, era bien merecido alimentar al cuerpo, esta vez decidí apostarle a uno de los restaurantes que se encuentran sobre la marina de Cabo San Lucas, esta gran franja de restaurantes ofrecen cartas con platos muy similares entre sí, aunque también se encuentran, sin mayor dificultad restaurantes de especialidad, entre ellos hay de comida oriental, italiana, cortes americanos y argentinos al carbón y una buena tanda de comida internacional, en general casi todos muestran menús internacionales, esto debido a la gran afluencia de turismo, pero siempre enfatizando el tema principal “la comida mexicana”.
Esta vez no me fue difícil encontrar un buen sitio donde cenar, un viejo amigo que es capitán de meseros, se encontraba fuera de uno de estos restaurantes, atentamente me hizo la invitación de cenar en aquel sitio y sin más decidí sentarme a la mesa, rápidamente me acerco el menú y como ya es costumbre en Los Cabos me ofreció un plato en combinación, que francamente, debido a la variedad, me fue muy difícil de rechazar: filete mignon a la parrilla de carbón , un par de colas de langosta, filete de marlín marinado a las finas especias y tempura de camarones, me sorprendió la cantidad de alimento que me llevaron a la mesa, y la calidad con que esta contaba reuniendo muy bien todos los elementos de una buena comida, era un plato para dos personas con muy buenas raciones, una combinación asegurada entre color, sabor y texturas además de una presentación hermosa y un sabor delicioso y eso sí, todo muy fresco, excelente. Fue una muy buena cena, lograron captar todos mis sentidos en aquel gran festín, me llamó la atención la mantequilla que me llevaron a la mesa para acompañar la langosta, hasta este momento se me hace difícil reconocer aquella receta, está claro que era resultado de la clarificación de la mantequilla en primera instancia, y también estaba presente el color avellanado y el sabor de este mismo proceso, pero me resulta difícil encontrar el resto de los ingredientes que agregaron a la preparación, pero debo decir, muy buena.
La noche era joven, con el estómago lleno y el espíritu de fiesta, la vida nocturna que ofrece Los Cabos se hizo presente, aquella noche visité, en compañía de mi pareja, tres de los sitios de mayor afluencia nocturna, con un estilo muy playero y con prácticamente el lugar lleno de americanos llegaron mis primeros tragos, la noche paso rápido, disfrutando del espectáculo de los bailes eróticos y escenas teatrales de inhibición de la vergüenza de los universitarios norte americanos me decidí a vivir mi propia experiencia y disfrutar del lugar.
Algo que es importante de recalcar, ¡los cosmopolitan estaban deliciosos! raramente había probado uno tan bueno, y el cóctel que quizá se llevó el premio de la noche y la referencia de prepararlo por mi mismo en futuras ocasiones, era un caballito tequilero con una combinación de vodka, licor de plátano, jugo de lima y un toque de canela, todo esto flameado con lluvia de canela incandescente, bastante fuerte pero en realidad delicioso, así, entre hip hop, tragos exóticos y bailes eróticos decidí que la noche había llegado a su fin. Era la hora de descansar.
El día siguiente aguardaban ya, grandes sorpresas para mi, fui invitado a cenar a un restaurante francés ubicado en el centro de San José del Cabo, lugar de trabajo de mi padre y de uno de mis mas grandes amigos, compañero tanto de cocina como de laboratorio.
Desgraciadamente para mí y mi pareja no había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos habíamos llevado alimento a la boca ese día, pero por educación y con toda la alegría decidimos hacernos presentes en aquel sitio, boutique, panadería, heladería, crepería, café y restaurante este sitio ofrece grandes opciones para diversos momentos del día, con una gran ubicación en el centro, y unas instalaciones que evocan los grandes bistrós franceses de siglos pasados pero con decoraciones vanguardistas, nos sentamos a la mesa, en la terraza para ser mas especifico, rápidamente y con la mejor atención me acercaron el menú que de inmediato descarté, y le di a mi amigo la tarea de sorprenderme, quedando sujeto a su buen juicio. Cabe señalar que dentro de la calidad de establecimientos gastronómicos que ofrece esta ciudad, éste podría ser el lugar con mayor calidad, ya que la materia prima con la que elaboran sus platillos es importado desde Francia, además de contar con dos establecimientos, uno, en el centro de san José del cabo y el otro muy cerca del centro de San Lucas, están por inaugurar el próximo mes de agosto el tercer y más lujoso de los tres, más lujoso y con instalaciones de primer nivel, ubicado en Las Tiendas de Palmilla, centro comercial dentro de uno de los más lujosos hoteles que ofrece este destino turístico. Otra de las grandes diferencias de este sitio es la de contar con su propia huerta, lugar donde los cocineros cosechan muchos de los ingredientes con los que cocinan: pistaches, fresas, arándanos y una gran cantidad de vegetales, todo orgánico y de la mejor calidad.
El momento del manjar llegó, la entrada: mejillones con fricassé provenzal, el término era el adecuado, suaves, sustanciosos y con el sabor y combinación de ingredientes exactos, calidad desde la materia prima hasta la terminación del plato sin dejar de lado la decoración, todo con carácter muy gourmet; de inmediato nos sirvieron un par de deliciosas ensaladas, todas ellas frescas, crocantes y con la temperatura correcta que se enriquecían con un excelente aderezo, una vinagreta de albahaca, frutas frescas de la estación y jamón serrano, todo muy rico; el siguiente paso fueron “tapas” de baguette horneado del día, con una miga exente y el crocante que hace los panes franceses tan especiales, todo ello como base, cubierto con una mantequilla parís muy bien lograda, y una bien proporcionada selección de hortalizas finamente cortadas obviamente con hoja de porcelana como es costumbre francesa para no oxidar las hojas verdes, sobre esto una cama de suave queso mozzarella y una corona de jamón serrano, bañados con otra vinagreta de cebollín, albahaca y hierba buena, decoradas muy finamente, claramente trabajo de profesionales. Finalmente un cappuccino de granos colombianos llegó a la mesa, y con él, el postre, crepas, ¡Que crepas! Las mías, de nutella hecha en casa, y las de mi pareja de frutos rojos con crema batida, arándanos, zarzas, fresas y blue berry acompañaban esa fina masa, la crema, como debe de ser, a punto de turrón, de leche fresca, natural, orgánica y sin conservadores, de esa que se funde en el paladar, que después de tres minutos de emplatar ya no existe porque se reduce a su forma original, que conjunto tan exquisito de productos y terminaciones gastronómicas y que mejor que todo esto, trabajado con amor por un buen amigo, experiencia inigualable.
Cabe señalar, además de todo este festival de emociones, que el chef de este recinto gastronómico francés es el Máster Chef Jacques Chretien, honrado en el 2002 con el título de "Maîtres Cuisinier de Francia". Dentro de su magnífica preparación acompañó mesas de los más lujosos restaurantes del mundo como la Tour d' Argent en París, Chez Bruneau en Brúcelas Bélgica, y del Maxim’s de Paris en la Ciudad de México, uno de los restaurantes de cinco estrellas abierto por el chef Jacques Chretien y catalogado como uno de los mejores restaurantes franceses de toda América latina.
Con la terminación de esta cena llegó también a su fin mi estancia en Los Cabos, con el estómago colmado de alegrías y el alma empapada de sensaciones gratificantes me despedí de la familia y los amigos, mi estancia en esta enigmática costa, terminó con un excelente sabor de boca: ¡la familia, los amigos, el mar y lo mejor de la cocina!
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