
Hablar de BBQ es hablar de humo, paciencia y una tradición que nació de la necesidad antes que del glamour. El barbecue —tal como lo conocemos hoy— tiene sus raíces más profundas en el sureste de Estados Unidos, donde comunidades afroamericanas, caribeñas e indígenas encontraron en la cocción lenta una forma de transformar cortes duros y baratos en auténticas joyas gastronómicas. De ahí surgió el ritual: prender el ahumador al amanecer, frotar la carne con especias, dejar que el tiempo haga lo suyo y celebrar el resultado como un acto comunitario.
Con el paso de los años, el BBQ se diversificó: Carolina con sus vinagres, Texas con sus briskets gigantes, Kansas City con sus salsas dulces y Memphis con su culto a las costillas. Cada región adoptó la técnica como un sello identitario. Hoy el BBQ es, sin exagerar, una de las cocinas regionales más influyentes del mundo.

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Pero hay algo que a veces olvidamos: que más allá del “american way of life” y sus clichés, el barbecue es una tradición popular, nacida desde abajo, desde la fuerza de comunidades históricamente marginadas. En esencia, el BBQ no es lujo ni bandera; es humo, madera y resistencia cultural.
Gastronomía en tiempos tensos
Y es que, aunque México y Estados Unidos atraviesan uno de los momentos más tensos de su relación contemporánea —con políticas migratorias endurecidas, discursos nacionalistas y una creciente fricción en lo diplomático—, la gastronomía sigue siendo uno de esos espacios donde la frontera parece difuminarse. Comer BBQ no implica alinearse políticamente ni apoyar el autoritarismo del norte. Significa disfrutar una técnica culinaria que, igual que el taco o el mole, cuenta una historia de comunidad, creatividad y sobrevivencia.
Al final, la cocina es un lenguaje que comparte raíces y emociones. De un lado y del otro comemos para celebrar, para recordar y, a veces, para olvidar. Es un acto profundamente humano que no entiende de aduanas ni de muros. Por eso el BBQ tiene cabida en México: porque más allá de los conflictos, sigue hablándonos desde el fuego y la tradición, como lo hace cualquier buena cocina del mundo.

Pinche Gringo: humo sin fronteras
En este contexto, Pinche Gringo BBQ llega como un puente y, al mismo tiempo, como una postura. Su propuesta es simple pero contundente: replicar la experiencia auténtica del BBQ texano sin disfraces ni pretensiones, pero hacerlo desde México, para México y con México. Aquí el humo es protagonista, las carnes pasan horas en el ahumador y el ambiente recuerda a esos backyards de Austin donde el tiempo parece detenerse.
Pero comer en Pinche Gringo también tiene otro matiz, casi político: puede ser un acto de rebeldía. En tiempos donde algunos discursos buscan dividirnos, no se trata de adoptar símbolos ajenos, sino de reinterpretarlos sin complejos, demostrando que la gastronomía no pertenece a los gobiernos ni a las ideologías, sino a las personas.
Un menú para mexicanos
Y claro, nada de esto tendría sentido sin un menú que respalde el discurso. En Pinche Gringo las estrellas son las carnes: un brisket tan suave que se deshace con apenas mirarlo, costillas ahumadas y sandwiches que ya son clásicos de la casa, como el de brisket ahumado con mac & cheese que es puro confort en cada mordida.

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También vale la pena probar el pulled pork, cocinado lento y con un equilibrio entre jugosidad y ahumado que lo vuelve irresistible, además de sus famosas salchichas: la kielbasa tradicional y la de jalapeño con cheddar. Todo esto se acompaña con una buena variedad de cervezas que completan la experiencia, porque un buen BBQ siempre sabe mejor con un tarro frío al lado.
En cada bocado hay una declaración silenciosa: la cultura se comparte, el fuego se respeta y las fronteras no se cocinan. Pinche Gringo no solo sirve BBQ; sirve un recordatorio de que las brasas unen más de lo que separan. Síguelos en Instagram y descubre por qué el BBQ no tiene fronteras.



