hacienda

México tiene una estrecha relación con las haciendas, y no me refiero a las que te quitan una parte de tu sueldo cada quincena, sino a esas enormes propiedades rurales construidas hace cientos de años como centros de producción.

Aunque la mayoría de ellas ya no cumple con su función original, su valor histórico y arquitectónico es tan grande que muchas han sido restauradas y transformadas en hoteles de lujo o elegantes restaurantes.

La historia de las haciendas

Hoy en día existen varias “ex haciendas” a las afueras de las ciudades que han sido restauradas para utilizarse como hoteles, restaurantes o espacios para eventos. Sin embargo, en el pasado su función era muy distinta.

Durante la época colonial, las haciendas eran centros de producción autosuficientes. Es decir, no se trataba solo de una gran casa con un patio enorme, sino de todo un ecosistema: además de la casona donde vivía el hacendado, había espacios para los trabajadores, así como extensos terrenos dedicados a la agricultura y la ganadería, y bodegas donde se almacenaba todo lo que se producía.

Fotos por Rodrigo Contreras

En ese sentido, una persona podía nacer en una hacienda y pasar gran parte de su vida en ella.

Este sistema económico fue particularmente relevante entre los siglos XVI y XIX, hasta que, tras la Revolución Mexicana, se desmanteló el sistema de haciendas y el peonaje —un modelo laboral basado en la desigualdad—, lo que llevó a su abandono o transformación.

La cultura en las haciendas

Cuando hablamos de haciendas autosuficientes, no nos referimos únicamente a la producción de alimentos, sino también a su dimensión social, cultural e incluso religiosa. Muchas contaban con su propia capilla y funcionaban como pequeños núcleos comunitarios.

Sin embargo, esto no significaba que sus habitantes vivieran completamente aislados. Era común visitar poblados cercanos o asistir a reuniones sociales en otras haciendas, donde los banquetes eran protagonistas.

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Banquetes de hacienda

Si algo distinguía a las haciendas no era solo lo que producían, sino cómo se comía. Porque sí, eran centros de trabajo… pero también escenarios de grandes comidas.

La “cocina de hacienda” era abundante, sin prisas y profundamente ligada a lo que se producía en el propio terreno: maíz, frijol, chile, carne y lácteos pasaban prácticamente de la tierra a la mesa. Algo así como un farm to table mucho antes de que el término existiera.

Los platillos no eran precisamente ligeros ni minimalistas. Aquí hablamos de guisos que tomaban horas —a veces días— en prepararse: moles complejos, estofados, carnes asadas lentamente y caldos sustanciosos. Comida pensada para alimentar a muchos, pero también para disfrutarse con calma.

Y si hay un elemento que nunca faltaba, era la tortilla hecha a mano. No como simple acompañamiento, sino como protagonista silenciosa de la experiencia. Lo mismo ocurría con el pan: muchas haciendas tenían su propio horno, por lo que la panadería formaba parte del ritual cotidiano.

Con el paso del tiempo, esta forma de comer no desapareció, solo evolucionó. Hoy, muchos restaurantes retoman esa esencia: ingredientes locales, técnicas tradicionales y una experiencia que va más allá del plato.

Una hacienda en la ciudad: Cha Cha Chá 

Y justo ahí es donde entra Cha Cha Chá. Después de consolidarse como uno de los espacios más populares frente al Monumento a la Revolución, el restaurante decidió llevar su concepto al sur de la ciudad con una nueva sede inspirada en una pequeña hacienda mexicana.

Ubicado ahora en San Ángel —uno de los barrios con más historia y carácter de la ciudad—, en donde durante años se mantuvo uno de los Sanborns más icónicos de la Ciudad de México, ese que fue testigo de varios eventos históricos y culturales desde su inauguración en 1962 hasta su cierre en el 2020. Hoy este spot renace como Cha Cha Chá San Ángel con una idea clara: reinterpretar la estética y la experiencia de una hacienda en clave contemporánea.

Desde que entras, la intención es evidente. El lugar conserva elementos clásicos como la cantera, los vitrales y los techos de madera, mientras que una fuente central organiza el espacio, muy al estilo de los patios tradicionales. Todo se siente amplio, abierto y pensado para que la experiencia no se limite a la mesa.

El menú de Cha Cha Chá

Pero donde realmente conecta con esta idea de hacienda es en la cocina. Aquí la tradición no se replica: se reinterpreta. La propuesta toma recetas mexicanas de raíz y las ejecuta con una visión actual, en un punto medio entre lo clásico y lo contemporáneo. Puedes encontrar desde moles hasta orejitas de cerdo fritas para botanear, así como una versión muy mexicana del steak and fries, acompañada de una salsa de pimienta con un toque picoso que invita a repetir.

Y hay un detalle que termina de amarrar la experiencia: la tortillería y la panadería dentro del restaurante. No están escondidas en la cocina, sino a la vista, formando parte del recorrido. Ver cómo se hacen las tortillas a mano mientras estás ahí conecta directamente con esa lógica de cocina viva que caracterizaba a las haciendas.

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Además, el espacio se divide en distintas atmósferas —salón principal, terraza y cantina— que permiten que la experiencia cambie según el momento, sin perder esa sensación de comunidad y encuentro.

Al final, Cha Cha Chá no solo propone un lugar para comer, sino una forma de reconectar con una tradición que nunca desapareció, solo cambió de escenario. En una ciudad que no deja de moverse, espacios así recuerdan que todavía hay lugar para sentarse sin prisa, compartir la mesa y disfrutar de lo que significa realmente comer en México. Y si quieres asomarte a esta experiencia —o empezar a antojarte— no olvides seguirlos en Instagram.

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