Por Adrian Briseño

En el corazón de la Sierra Tarahumara, entre bosques de coníferas, manantiales y barrancas, se encuentra Pinabetes Santuario Natural, un proyecto donde el turismo y la conservación conviven.

Ubicado en el municipio de Guachochi, Pueblo Mágico desde 2023, este espacio nació hace aproximadamente 25 años, cuando el señor Miguel y su familia comenzaron a cuidar el terreno al observar que el pastoreo constante había reducido considerablemente la cobertura vegetal. Su intención no era construir un complejo turístico ni desarrollar un negocio, sino proteger el bosque y devolverle vida al lugar.

Foto por: Adrian Briseño.

“Nosotros pensamos que algo habrá que hacer. No nos vamos a preocupar por convencer a nadie, simplemente vamos a hacer lo que nos toca hacer”, comparte Miguel al recordar cómo comenzó el proyecto.

Foto por: Adrian Briseño.

Con el paso del tiempo, los cambios comenzaron a hacerse evidentes. Primero regresaron distintas especies de aves; después aparecieron mariposas, nuevos animales y plantas que antes no eran comunes en la zona. Para la familia, el regreso de estas especies confirmó que los esfuerzos de conservación estaban dando resultados.

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Una de las acciones para recuperar el ecosistema es la reforestación con árboles frutales destinados a alimentar aves silvestres, entre ellas el trogón mexicano, conocido también como “quetzal del norte”. Actualmente el santuario cuenta con cientos de árboles de distintas especies que sirven como alimento para la fauna local y lleva un registro de las mariposas que han llegado al sitio.

Mariposario de Pinabetes. Foto por: Adrian Briseño.

En Pinabetes existe una filosofía que guía cada decisión: la tierra, el agua y el bosque. Miguel resume esta visión al afirmar: “Lo más importante en la vida, es el planeta. Primero es la tierra, el agua y el bosque”

Esa ideología se refleja en la cocina. La familia mantiene huertos donde cultiva hortalizas de manera orgánica y prioriza el autoconsumo antes que la venta. Cilantro, albahaca, manzanas, duraznos, hongos y otros productos del huerto llegan a la mesa del restaurante, donde la gastronomía nace del respeto por el entorno.

La trucha es otro de los símbolos del santuario. Criada en agua de manantial, requiere condiciones específicas para sobrevivir, como agua limpia y temperaturas bajas, por lo que también funciona como un indicador del buen estado del ecosistema.

Foto por: Adrian Briseño.

Miguel explica que hace algunos años la producción de trucha alcanzaba las 12 toneladas; sin embargo, la disminución de agua ha reducido considerablemente esta cifra. Este cambio, que atribuye a los efectos del clima, evidencia la importancia de conservar los bosques para proteger los manantiales que alimentan los estanques.

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La experiencia en este santuario invita a comprender el origen de los alimentos. Los visitantes pueden pescar la trucha que llegará a su mesa y elegir la forma en que será preparada, ya sea frita, empapelada o en albóndigas. Esta experiencia busca acercar a las personas al proceso que existe detrás de cada platillo y al cuidado del entorno que hace posible su producción.

Foto por: Adrian Briseño.

En Pinabetes no hay prisa. Cada platillo comienza a prepararse únicamente después de que el visitante realiza su pedido, por lo que el tiempo de espera deja de sentirse como un inconveniente y se convierte en parte del recorrido. Mientras la cocina trabaja, los senderos, el sonido del agua, el bosque y la tranquilidad del lugar invitan a desconectarse del ritmo cotidiano, caminar sin apuro y  entender que aquí es la naturaleza quien marca el ritmo.

Foto por: Adrian Briseño.

El aprovechamiento de las cosechas también forma parte de la filosofía del santuario. Frutas y hortalizas cultivadas en el lugar encuentran una segunda vida en conservas artesanales, desde manzana y durazno hasta tomates y chiles. Estas preparaciones permiten extender el ciclo de los alimentos y reducir el desperdicio, manteniendo el mismo respeto por la naturaleza.

Algunas conservan que tienen en su cocina. Foto por: Adrian Briseño.

Aunque actualmente este lugar ofrece servicio de restaurante, áreas para acampar y senderos que conducen a una cascada cercana, el turismo nunca fue el propósito inicial del proyecto. Miguel recuerda que los primeros visitantes llegaron por recomendación de otras personas, atraídas por la tranquilidad del sitio y por la oportunidad de disfrutar una comida rodeada de naturaleza.

La comida invita a detenerse. Compartir los alimentos sobre una mesa elaborada con el tronco de un antiguo pinabete, mientras el bosque, el sonido del viento y las aves acompañan el momento, convirtiendo la experiencia en algo más que una comida. Es una forma de comprender la ideología que dio origen al santuario y recordar que la naturaleza no solo se observa, también se vive.

Foto por: Adrian Briseño.

Hoy, Pinabetes Santuario Natural forma parte de los atractivos de Guachochi, un destino reconocido por su riqueza natural, la cultura rarámuri y los paisajes que distinguen a la Sierra Tarahumara. 

Sin embargo, visitar este lugar va más allá de conocer un restaurante o recorrer un bosque. Significa acercarse a un proyecto que evidencia que la conservación también puede construirse desde acciones cotidianas. Al final, cada visitante que respeta el entorno, valora el trabajo de quienes lo protegen y comparte su historia, contribuye a mantener vivo este santuario.

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