Durante mucho tiempo, hablar de vino era hablar de países como Francia, Italia o España. Y aunque México tiene una larga historia de producción vitivinícola, hubo una época en la que apostar por un vino nacional de alta calidad parecía una locura. ¿Quién iba a comprarlo si los propios consumidores todavía no confiaban en lo que se producía en casa?

Pues hubo cinco amigos que decidieron intentarlo, y cuatro décadas después, su proyecto se ha convertido en uno de los nombres más importantes de la industria vitivinícola mexicana. Se trata de Monte Xanic, una bodega fundada en 1987 en el Valle de Guadalupe, Baja California, que este año celebra sus 40 años de historia con una mirada al pasado, pero también con la intención de seguir llevando el vino mexicano a nuevas mesas alrededor del mundo.

Y qué mejor manera de celebrar una historia como esta que descorchando algunas de sus botellas más especiales. Como parte de los festejos, la bodega organizó una subasta de vinos de colección en Morton Subastas, en la Ciudad de México, donde se reunieron añadas históricas de Monte Xanic y otras botellas de gran valor. Más que una oportunidad para conseguir etiquetas difíciles de encontrar, el encuentro permitió reflexionar sobre el camino que ha recorrido el vino mexicano y todo lo que hay detrás de una botella que ha logrado conservarse durante décadas.

Una apuesta por el vino mexicano

Para entender la importancia de Monte Xanic, hay que regresar a 1987, cuando Eric Hagsater, Hans Backhoff Escudero, Manuel Castro, Ricardo Hojel y Tomás Fernández decidieron emprender un proyecto que apostaba por algo que todavía no tenía el reconocimiento que hoy conocemos: elaborar vinos mexicanos de alta calidad, con carácter y capacidad de guarda.

Foto por Rodrigo Contreras

En aquel entonces, el panorama era muy distinto. El vino nacional tenía poca presencia y los consumidores no necesariamente lo consideraban una opción frente a las etiquetas extranjeras. Apostar por una bodega de alta gama implicaba asumir riesgos, invertir en el conocimiento de la tierra y demostrar que México tenía las condiciones para producir vinos capaces de competir con los mejores del mundo.

La elección del Valle de Guadalupe tampoco fue casual. Ubicado en Baja California, este territorio reúne condiciones particulares gracias a la combinación del clima desértico y la influencia del océano Pacífico. Un entorno exigente, sí, pero con características que permiten obtener uvas con personalidad y desarrollar vinos que expresan las particularidades de su origen.

Y es precisamente ahí donde comienza buena parte de la historia de Monte Xanic: entender el lugar antes de intentar dominarlo. Conocer los suelos, experimentar con distintas variedades de uva y aprender a trabajar con el clima fueron pasos fundamentales para construir una identidad propia.

Del viñedo a la copa: 40 años de evolución

Si algo demuestra la historia de Monte Xanic es que hacer buen vino no consiste únicamente en elegir una variedad de uva y esperar a que madure. Detrás de cada botella hay decisiones sobre el cultivo, la cosecha, la fermentación y el tiempo que necesita el vino para desarrollar sus características.

Foto cortesía de Monte Xanic

A lo largo de estas cuatro décadas, la bodega ha apostado por la innovación en distintas etapas del proceso. Entre sus prácticas destacan el control del rendimiento de las vides para privilegiar la calidad sobre el volumen, la cosecha manual y la recolección nocturna de uvas blancas, una técnica que ayuda a preservar sus aromas.

También ha experimentado con distintas variedades, como Cabernet Franc y Pinot Noir, que comenzaron a incorporarse a su propuesta cuando la producción nacional todavía estaba mucho más familiarizada con otras cepas. Todo esto forma parte de una búsqueda constante por entender qué puede ofrecer la tierra mexicana y cómo aprovechar sus características para elaborar vinos con identidad propia.

Pero la evolución de una bodega también se mide por su capacidad para pensar más allá de la siguiente cosecha. En este caso, la longevidad del vino se ha convertido en una parte importante de su historia, y pocas cosas permiten entenderlo mejor que volver a abrir una botella elaborada hace varias décadas.

Una subasta para viajar en el tiempo

Imagina abrir una botella de vino que fue elaborada hace más de 30 años. Durante ese tiempo, el mundo ha cambiado, las tendencias gastronómicas han evolucionado y probablemente quienes participaron en su elaboración nunca imaginaron todas las historias que acompañarían a esa botella antes de volver a descorcharse.

Foto cortesía de Monte Xanic

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Eso es parte de lo que hizo especial la celebración de Monte Xanic. La colección histórica presentada en Morton Subastas reunió 27 vinos de añadas antiguas, sometidos a una inspección técnica y valuación para conocer su condición y potencial de consumo.

Entre las etiquetas destacadas se encuentran el Cabernet Sauvignon Merlot de 1989, correspondiente a la primera cosecha comercial de la bodega; el Syrah de 2000, primera añada de esta variedad en su historia, y el Cabernet Franc Edición Limitada de 1995, una de las cepas más representativas de su trayectoria.

Durante la celebración también destacó un Cabernet Sauvignon de 1994, una botella elaborada hace 32 años que puso sobre la mesa una pregunta interesante: ¿qué sucede con un vino cuando se le da el tiempo suficiente para evolucionar? Su presencia recordó que una botella no es un producto estático, sino una preparación que puede transformarse a lo largo de los años, siempre que las condiciones de elaboración y conservación sean adecuadas.

Otro de los momentos más relevantes de la subasta fue la venta de una botella de nueve litros correspondiente a 1987, por más de 100 mil pesos. Una cifra que habla del valor que puede alcanzar una pieza de colección, pero también del significado histórico que adquiere cuando representa los primeros pasos de una bodega y de una industria.

Foto cortesía de Monte Xanic

Al final, estas botellas son mucho más que vino guardado durante décadas. Son una especie de registro líquido de lo que se ha hecho en México, de las decisiones que han tomado sus productores y de cómo ha cambiado la percepción de sus etiquetas con el paso del tiempo.

El futuro también se cultiva

Celebrar cuatro décadas de historia no significa quedarse mirando hacia atrás. En el caso de Monte Xanic, buena parte de su trabajo actual se concentra en mantener la calidad de sus vinos y cuidar los recursos naturales de los que depende su producción.

La relación con el entorno es especialmente importante en una región donde el agua representa uno de los grandes desafíos. Por eso, la bodega ha impulsado medidas para mejorar la estructura del suelo, favorecer la retención de agua y reducir su consumo hídrico, además de colaborar con organismos científicos locales en proyectos relacionados con la recarga del acuífero.

Estas iniciativas forman parte de una visión en la que la calidad del vino no depende únicamente de lo que sucede dentro de la bodega. También está relacionada con la salud del suelo, el manejo del agua y las condiciones en las que crecen las vides.

Foto cortesía de Monte Xanic

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Y, por supuesto, el proyecto continúa explorando nuevas formas de acercar sus productos a los consumidores. Desde el desarrollo de vinos orgánicos hasta propuestas como Monte Xanic Rosé en lata, la bodega busca mantener su identidad mientras encuentra otras maneras de participar en la cultura del vino.

Cuatro décadas después, ¿qué sigue para el vino mexicano?

La historia de Monte Xanic permite entender que el prestigio del vino mexicano no apareció de un día para otro. Detrás hay años de experimentación, inversión, aprendizaje y decisiones que, en su momento, implicaron apostar por un producto que todavía tenía mucho camino por recorrer.

Hoy, cuando encontramos cada vez más etiquetas nacionales en restaurantes, tiendas especializadas y mesas de todo tipo, es fácil olvidar que hubo una época en la que el vino mexicano tenía que demostrar, primero, que merecía ser tomado en cuenta.

Por eso, una celebración como esta va más allá de los brindis y las botellas de colección. También es una oportunidad para reconocer el trabajo de quienes ayudaron a construir una industria que hoy busca seguir creciendo, explorar nuevos territorios y demostrar la diversidad de lo que México puede producir.

Y si algo queda claro después de revisar estas cuatro décadas de historia, es que el vino también necesita tiempo. Tiempo para crecer, para encontrar su carácter y para demostrar de lo que es capaz. A veces, incluso, hace falta dejar una botella guardada durante 32 años para descubrir todo lo que todavía tiene por contar.

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