Por Adrian Briseño
Cuando se habla de Toro, en Zamora, España, es común pensar en vinos tintos de gran estructura, elaborados principalmente con Tinta de Toro que es también conocida como Tempranillo, pero que aquí se desarrolla con piel más gruesa, mayor estructura y con notas a frutos negros. Sin embargo, esta región también conserva una tradición de variedades blancas que, aunque menos conocidas, han formado parte de su desarrollo vitivinícola.
En ese territorio de suelos arenosos y clima continental, donde todavía se conservan viñedos viejos y algunas cepas prefiloxéricas, nació Matsu, un proyecto que busca expresar las características de Toro desde distintas perspectivas. Su propuesta parte del respeto por los ciclos de la naturaleza y del conocimiento de los viticultores que han trabajado estas tierras durante generaciones.

El descubrimiento de una filosofía
En 2005, durante la búsqueda de nuevos territorios para desarrollar proyectos vitivinícolas, el equipo de Vintae encontró en Toro algo que llamó su atención: viñedos antiguos, algunos con más de un siglo de vida, que conservaban parte de la historia vinícola de la región. Aquel encuentro fue el punto de partida para desarrollar Matsu, que comenzó a elaborar sus primeros vinos un año después.
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El nombre elegido para la marca proviene del japonés y significa “esperar”, una palabra que conecta con la filosofía del proyecto: respetar los tiempos de la naturaleza, el desarrollo de las vides y el trabajo de quienes las cultivan. Una idea que también se refleja en sus etiquetas, cuyos rostros pertenecen a personas reales del campo y representan distintas etapas de la vida.

El Pícaro, El Recio y El Viejo retratan la juventud, la madurez y la vejez, respectivamente. Más allá de distinguir sus vinos, esta identidad busca reconocer a los viticultores y el conocimiento que se transmite entre generaciones.
La otra cara de Toro
Aunque los vinos tintos han definido buena parte del reconocimiento de esta denominación de origen, la región también conserva una tradición de variedades blancas que Matsu ha buscado recuperar y llevar a nuevas expresiones. Esta exploración comenzó con La Jefa, un blanco elaborado principalmente con Malvasía Castellana procedente de viñedos viejos. Se trata de un vino de perfil más complejo, con crianza en barrica y una mayor estructura en boca.

Posteriormente llegó La Moza, un vino que retoma esa tradición desde una perspectiva más joven. Elaborado principalmente con Verdejo y un toque de Malvasía Castellana, ofrece una expresión más fresca y frutal de la región. Su nombre hace referencia a las mujeres jóvenes de los pueblos españoles y representa la energía de las nuevas generaciones vinculadas al campo.

Durante la cata fue posible reconocer las diferencias entre ambas propuestas. La Moza presentó aromas de pera y manzana, acompañados de notas cítricas, flores blancas y recuerdos minerales. En boca destacó por su frescura y acidez, con una sensación refrescante que, en medio del calor del momento, hacía que cada sorbo se disfrutara todavía más. Estas características también permiten acompañarlo con preparaciones ligeras, mariscos y pescados.
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La Jefa, por su parte, mostró una mayor complejidad aromática, con notas de membrillo, flores, miel y hierbas, además de matices tostados y de frutos secos. Su paso por boca fue más amplio, con volumen y una textura cremosa que la hacen adecuada para acompañar pescados grasos, preparaciones al horno y salsas elaboradas a partir de reducciones o fondos.

Expresión tinta
La propuesta de Matsu también se expresa a través de sus vinos tintos, elaborados principalmente con Tinta de Toro, una variedad que permite explorar distintos perfiles según la edad de las cepas y las decisiones de elaboración.
Durante la cata, El Pícaro mostró aromas de frutos silvestres, mora y ciruela, acompañados de notas ahumadas y especiadas, especialmente de pimienta. En boca presentó una expresión afrutada, con cuerpo y una sensación amable que prolonga las notas de fruta. Por sus características, resulta una alternativa para carnes y preparaciones de sabores intensos.

En El Recio aparecieron aromas de frutos rojos y fresa, acompañados de notas de vainilla y cacao. En boca destacó por su entrada amable, una estructura tánica de textura sedosa y buena acidez, que aporta equilibrio y prolonga su paso. Estas características permiten acompañarlo con estofados y otras preparaciones de cocción prolongada.

Finalmente, El Viejo, de la añada 2020, permitió apreciar una expresión más compleja de la Tinta de Toro. Sus aromas se desarrollaron en distintas capas, desde notas frutales hasta recuerdos de fermentación y crianza en barrica. Después de 16 meses en roble francés, mostró una estructura amplia y persistente, con una graduación alcohólica de 15%. En boca destacó por su suavidad, cuerpo amplio y una sensación envolvente que prolongó su presencia.

Por sus características, se recomendó acompañarlo con preparaciones de sabores intensos, como barbacoa de hoyo, borrego, carnes ahumadas y moles con notas de chocolate.
La cata permitió acercarse a Toro desde una perspectiva más amplia: una región cuya identidad no se limita a sus tintos de gran estructura, sino que también conserva variedades blancas y formas distintas de interpretar su territorio. A través de Matsu, fue posible reconocer cómo la historia de sus viñedos, el trabajo de quienes los cultivan y las decisiones detrás de cada elaboración se traducen en vinos con personalidades propias. Al final, descubrir una región también implica mirar más allá de lo que ya conocemos y dejar que cada copa nos cuente algo de su origen.

IG: Bodega Matsu
Página Web: https://bodegamatsu.com/vinos/
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