Por Ana del Castillo

Hay lugares que se visitan por lo que se compra, y hay lugares que se visitan por lo que se vive. El Mercado de Jamaica es uno de esos. Aquí, el atractivo no está solo en los productos que llenan los pasillos, sino también en el papel del mercado y la forma en que éste funciona como parte de la escena gastronómica de nuestro país.

Mucha gente conoce Jamaica solo por sus flores. Pero quedarse ahí es solo ver la mitad del cuadro. También es uno de los escenarios gastronómicos más icónicos de Ciudad de México: el lugar al que llegan cocineros, chefs, restauranteros, amantes de la cocina y familias enteras a surtirse.

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Dos mercados en uno

El mercado surgió en 1957, gracias al ingenio de Félix Candela y Pedro Ramírez Vázquez. Pero el proyecto no surgió de la nada: años antes, en 1952, un incendio arrasó el mercado informal que entonces ocupaba esta zona, y los comerciantes tuvieron que plantarse frente al Zócalo a pedirle ayuda al gobierno. Desde entonces, Jamaica funciona de una forma poco común: se divide en dos naves. una está administrada por el gobierno de la Ciudad de México y la otra por los propios comerciantes, quienes  trabajan de forma independiente. Aún así, ambas operan como un solo espacio. Dos formas distintas de llevar el mismo negocio, bajo el mismo techo, sin que el mercado se detenga: Jamaica es de los pocos mercados que jamás cierran sus puertas. La nave de los locatarios abre las 24 horas porque aquí se surten los floristas de la ciudad, durante la madrugada.

Un dato curioso: el mercado ofrece dos menús distintos según la hora. Antes de que salga el sol, cuando llegan los floristas y los primeros visitantes, lo que domina son los tacos de vísceras; ya entrada la mañana, hacia las 7:00, el menú cambia por completo y aparecen los tacos de carnitas, aunque también hay quien prefiere unos tamales junto a un atole. Vale la pena llegar temprano solo para presenciar ese cambio de turno y, de paso, comprar las flores recién llegadas.

También hay un matiz entre las dos naves: la que administra el Gobierno tiene un carácter más comercial, mientras que la de los locatarios concentra el lado más cultural del mercado; ahí surge el célebre mercado de las flores y buena parte de la tradición que distingue a Jamaica del resto.

Los chiles que reinan en el mercado 

Hacia uno de los costados del mercado está La Flor de Jamaica, una bodega de chiles secos que lleva más de sesenta años vendiendo chiles secos de todo tipo, forma y color. La fundó Cecilio Dávila en 1960, y hoy la sigue su nieto Fernando, quien convirtió el negocio familiar en algo más grande: el Taller Gastronómico del Chile Mexicano, donde enseñan a distinguir guajillos, piquines, chipotles y decenas de variedades. El chile forma parte de la cocina mexicana desde hace miles de años, y en pocos lugares se siente tanto esa historia como en un costal recién abierto de chiles en La Flor de Jamaica.

Más que flores 

Detrás de los puestos de flores hay pasillos enteros dedicados a hongos, verduras, frutos secos, quesos, especias y esos ingredientes que buscamos y que difícilmente encontraríamos en un supermercado.

Recorrer Jamaica también es una buena excusa para sentarse a comer, ya que si algo tiene, es una gran oferta gastronómica: puestos que llevan generaciones sirviendo en el mismo lugar. El mercado vive de quesadillas, tacos de guisado que cambian según el día, pambazos, esquites —de los más famosos de la zona, acompañados de tuétano o suadero—, tamales y más.

Sabores con historia 

Vale la pena caminar despacio por los pasillos, porque varios locales ya forman parte de la historia de Jamaica: puestos de mariscos que preparan cócteles y aguachiles desde temprano, loncherías que llevan décadas, y taquerías donde el mismo cocinero lleva más de veinte años parado frente a la parilla. 

La próxima vez que vayas, fíjate en los detalles: intenta distinguir entre un guajillo de un puya, platica con alguna de las familias que llevan generaciones encargadas de su puesto, o ve cómo el mercado cambia conforme va avanzando el año. Si me preguntas, la mejor temporada para visitarlo es durante el otoño, especialmente cerca del Día de Muertos.

La invitación

Jamaica no se entiende con una sola visita: cambia según la  temporada, y siempre tiene algo distinto que ofrecer. Se descubre volviendo, caminando sin prisa y escuchando a quienes han pasado toda una vida entera en sus pasillos. La próxima vez que vayas no te quedes solo con las flores. Prueba lo que tiene para ofrecerte, párate frente a los puestos de fruta de temporada, y no te vayas sin probar un huarache o uno de sus famosos esquites. 

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Referencias

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