El año se escapa de nuestras manos como si de arena se tratara, el tiempo voló y una vez más nos reunimos en una reflexión. Hace unos meses el tema sobre la mesa era el papel del gastrónomo durante la pandemia, la esperanza de retomar actividades pronto y los cambios que traería consigo este retorno.

Hoy el paradigma pinta un velo entremezclado de esperanza y agotamiento, el retroceso en el semáforo epidemiológico y el nuevo cierre de lugares le dan un golpe a la moral. Cerrar el año en esta situación es difícil, ya que diciembre siempre ha sido para meditar de lo que se hizo o no se hizo en los meses pasados.

Parte de toda esa reflexión decembrina, implicaba contar las historias que marcaron el año, ya fuera con la familia, amigos o simplemente recordarlas mientras el reloj llegaba lentamente a la media noche. Esta ocasión es diferente para muchos, ya sea por el aislamiento, por ya no tener a esas personas o simplemente por no contar con ánimos para “festejar”.

Esta nota se llama un año sin historias justo por eso, por encontrarnos en una situación donde el festejo se ha tenido que cambiar. Un año en el que las cosas que se repetían cíclicamente o que ya se tenían planeadas no se llevaron a cabo, historias que no se escribieron y por ende no se pueden narrar.

El cauce de relatos cotidianos se detuvo, la actividad diaria quedó limitada al micro panorama, dejando a las grandes perspectivas en el recuerdo. Los viajes, visitas exprés a la familia y muchas otras cosas, fueron interrumpidas de la noche a la mañana.

La historia sin contar

Pero no todo es malo, quizá las historias a las que estamos acostumbrados no sean contadas en este cierre de año, pero para el observador de la vida el cuento siguió su rumbo. Las peleas con la mala conexión de internet para alcanzar la junta, enfrentarse por primera vez a la cocina en casa, en muchos casos estrenando la estufa.

Romper con los gustos culposos de fin de semana y no tener comida de fuera, o extrañar el itacate de las comidas familiares, que liberaba el inicio de la semana. Disfrutar del tiempo para explorar nuevos territorios de la praxis culinaria, leer la interminable lista de libros pendientes o ponerse al día con alguna serie en línea.

Cientos de pequeños detalles que podrían ser considerados un escape de la rutina, se volvieron el actuar cotidiano. La complejidad de la vida entre el ruido citadino, se conglomeró entre las cuatro paredes del hogar, aventuras felices o historias de terror a escala personal, son las historias que deja este año sin aparente narrativa.

A pesar de ser una nota de reflexión no hay más que contar, no tanto porque no lo haya, sino para dejarles la oportunidad de encontrar sus propias historias. Me despido con las palabras de un gran hombre, cuyo destino fue adelantarse en el camino de la vida, plasmando un deseo para cuando podamos reencontrarnos, “llénate de historias, para que cuando nos volvamos a ver platiquemos como antes”.

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