Picnic primaveral
Picnic primaveral

Chère Karla:

La primavera siempre trae buenas vibras, llegan los nuevos aires, se abren las flores, los pájaros renuevan sus cantos, cantos que nos alegran la vida. Sí, la primavera es tiempo de ensoñación, tiempo de gozar la vista de las montañas que nos ofrecen su manto verde. Tiempo cabal en el que la Madre Naturaleza se muestra en todo su esplendor. Yo, Karla, aprovecho estos tiempos gratos y salgo al campo a observar los ríos y los árboles y las plantas que están coronadas por la flora multicolor. Y claro, llevo la estufa y el mantel y los platos y todos los utensilios necesarios para hacer del camping un día también inolvidable. Y si más me preguntas, Karla, qué es lo que preparo para el comelitón primaveral, te lo digo con gusto: primero descorcho un tinto de la Rioja, la copa lo recibe gozosa, lo tomo con calma, sentado en el tronco del árbol caído. La estufa portátil ya tiene una cacerola con una crema hecha a base de portobello, leche de vaca, sal, crema, caldo de pollo. Claro que entre que hierve este platillo, y entre que está listo o no, no pierdo tiempo y el vino me cae como una bendición samaritana y me deleito además, como primer paso, con una trucha ahumada que me hace ver estrellas. En otro quemador salta de gusto en el aceite de oliva un filete de salmón en el sartén de hierro fundido al que le he puesto unas ramitas de romero y sal de grano. Una baguette cruje cuando la muerdo. Yo sigo con el tinto, quizá muchas amigas me van a decir que se lleva mejor esto que como con un vino blanco. Pero, como mi abuela decía: “En gustos se rompen géneros”. A mi alrededor, mientras la cuchara va del portobello a mi boca, los trinos de las aves canoras me dan un concierto gratis. Y luego para que el festín no acabe, terminada que fue la crema del hongo, en mi plato yace el salmón que me dice que qué espero para engullirlo todo. Claro, Karla, no me hago del rogar y el tenedor va y viene del salmón a mi boca, de mi boca al salmón. Al coro de las aves ahora se ha agregado el run run del arroyo que a unos metros de mi improvisado restaurante campestre fluye sin cesar. Cuando he terminado con este banquete primaveral, de mi cava portátil un licor Grand Marnier me dice que el final de una buena comida, el café espresso y este licor hacen el maridaje perfecto. Viene y va, qué delicia es esto… Terminada que fue esta noble tarea, guardé mis utensilios cocineros y me encaminé al pueblo mágico de Villa del Carbón, Estado de México, y entré al mercado de artesanías; sí, Karla, me fascinan los objetos que salen de las manos de los mexicanos y que crean con el barro, con la madera, con el vidrio obras de arte: caballitos, soldaditos, camiones de carga, baleros, trompos, yoyos, carretones tirados por mulitas de ensueño, burritos con huacales de frutas, camiones de pasajeros, volantines y sillas voladoras, sí, Karla, infinidad de juguetes que a mi me siguen gustando como el primer día que los tuve en mis manos. ¿Se le puede pedir más a la Madre Natura? ¿Se le puede pedir algo más al rito del buen comer? No, no se les puede pedir más. Yo, en todo caso pasé un día feliz, un día que podré guardar en la memoria. Un día en el que las aves y las flores que inundan los campos primaverales me dejan un sabor inolvidable. Un día en el que llegado al Pueblo Mágico compré unos baleros y unos trompos y unos soldaditos de plomo para no olvidar mis años mozos. Bueno, quiero agregar que siempre estuve acompañado por Julie, mi amiga francesa. Y que quedó- lo dijo, dándome un beso largo, largo- halagada por el vino, por el salmón y por la visita al mercado de artesanías. Recuerda Karla, que soy caballero antiguo y no puedo dar más detalles de Julie… Pero se fue contenta, muy contenta a su país…

Sí, día completo, día recomendable, día para que ustedes, mujeres insumisas lo puedan hacer también y disfrutarlo y con ello estén a tono con los tiempos buenos. Mientras, Karla, un abrazo primaveral.

Carlos Bracho

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