Por Ana del Castillo

Hay un momento que casi todos hemos vivido y que es difícil de explicar: muerdes algo, o hueles algo, y de repente ya no estás donde estás. Estás en la cocina de tu abuela, en una mesa de Navidad, en un mercado que visitaste hace años. No lo planeaste, no lo elegiste. Pasó solo. Y duró apenas un segundo, pero fue completamente real.

Eso es la gastronomía como lenguaje. No necesita palabras, no necesita traducción. Habla directo al cuerpo, a la memoria, a la identidad. Y lo hace antes de que tengamos tiempo de racionalizarlo.

Cocinar y comer nunca han sido solo cuestiones de sobrevivir. Desde la selección de los ingredientes hasta la forma en que servimos el plato, la comida dice quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, cómo queremos estar. Es, quizá, el acto más humano que existe.

La cocina: un código que se aprende sin libros

Roland Barthes lo planteó hace décadas: la comida es un sistema de signos, un lenguaje que expresa pertenencia, jerarquía y afecto. Los investigadores Álvarez Vázquez y Godínez Vázquez de la UNAM fueron más allá al analizar el acto alimentario como un acto comunicativo en sí mismo. Pero no hace falta leer un papel para entenderlo: basta con recordar qué se cocinaba en tu casa cuando llegaban visitas, o qué se preparaba cuando alguien estaba triste o tu comida favorita que te preparaban en un día especial.   

En México, el mole no es solo una salsa. Es una negociación entre culturas, un archivo de siglos, una declaración de que aquí pasaron cosas. Prepararlo es casi ritual. Y servirlo es decir: “esto somos, esto valemos, esto ofrezco”.

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La comida que nos nombra: identidad en cada bocado

La identidad es aquello que nos hace sentir parte de un lugar, de una historia y de una comunidad. Se construye con nuestras costumbres, nuestros recuerdos y las experiencias que compartimos. Por eso, no es solo una  bandera o un himno. También es lo que comes el 15 de septiembre, el platillo que pides cuando estás en otro país y extrañas casa, la salsa que distingues de las demás porque sabes exactamente cómo la hacía tu mamá.

La comida nos da identidad de formas que ni siquiera elegimos conscientemente. Un oaxaqueño en la Ciudad de México que encuentra tlayudas en un mercado no está solo comprando comida: está afirmando algo sobre sí mismo. Un judío que lleva una dieta kosher no solo sigue sus reglas religiosas, sino que está eligiendo a qué comunidad pertenece cada vez que se sienta a la mesa. Un vegano que rechaza alimentos de origen animal está comunicando valores, política o una forma de ver el mundo.

Tradiciones familiares: las recetas que nadie escribió pero todos recuerdan

Hay recetas que no existen en ningún libro. Viven en la memoria de una abuela, en las manos de una tía, en el olor que te detiene en seco cuando alguien las cocina cerca. Son recetas con instrucciones como «ponle al tanteo» o «cuando ya se vea así», que solo tienen sentido si estuviste ahí mirando y probando.

Esa transmisión no es solo culinaria: es afectiva. Es una forma de decir «te quiero lo suficiente como para enseñarte esto». En muchas familias mexicanas, la receta del pozole de la abuela, el arroz que nadie más hace igual o un atole de guayaba  son, en realidad, formas de identidad

Y cuando alguien llega a una familia nueva y aprende a hacer ese platillo, no solo está aprendiendo una receta. Está pidiendo permiso para pertenecer.

Convivencia: lo que pasa cuando nos sentamos juntos

Piénsalo un momento: ¿cuántas de las conversaciones más importantes de tu vida han ocurrido en una mesa? No en una junta, no en una llamada, no en un chat. En una mesa, con comida de por medio.

No es coincidencia. Algo en el acto de comer juntos nos transforma. Nos hace más lentos, más presentes, más dispuestos a escuchar. Compartir el alimento baja una guardia que en otros contextos casi nunca bajamos. Quizá porque comer es un acto vulnerable: necesitamos hacerlo, no podemos fingir que no. Y cuando alguien nos ve en esa vulnerabilidad y come con nosotros, algo se establece entre los dos.

Hay una palabra que describe muy bien ese momento en el que la comida deja de ser lo más importante: la sobremesa. Aunque la costumbre tiene raíces españolas, en México la hacemos nuestra. No es el tiempo después de comer. Es el tiempo en que realmente pasan las cosas. Las confesiones que no encontraban el momento, las risas que se desbordan cuando ya nadie tiene prisa, los acuerdos que no se lograron en ninguna reunión formal. La comida fue el pretexto. Lo que vino después fue el fondo.

Hospitalidad: recibir es también un lenguaje

Hay algo que cambia en una persona cuando le dices «ven a comer a mi casa». No es solo una invitación logística. Es una declaración: te abro mi espacio, te doy de lo que tengo, me importas lo suficiente como para cocinar para ti.

En muchas culturas eso es sagrado, y no es una exageración. En pueblos de Oaxaca o de la Sierra Tarahumara, recibir a alguien sin ofrecerle algo de comer o beber es impensable, casi una ofensa. No porque haya una regla escrita, sino porque la hospitalidad está tan apegada a la identidad que negarla sería negarse a uno mismo.

Y lo más interesante es que la hospitalidad no se mide por lo elaborado del menú. Se mide en la intención. Una sopa preparada con cariño dice infinitamente más que una cena perfecta servida con indiferencia. Lo que comunica la comida no es el platillo en sí: es la disposición de quien lo preparó a hacer espacio para el otro. Y eso, en cualquier idioma, se entiende.

La mesa como espejo

Hay una escena en La Cocina, la película de Ruizpalacios, que lo ilustra mejor que cualquier teoría: una cocina industrial llena de gente que habla idiomas distintos, que viene de lugares distintos, que tiene historias distintas. No se entienden del todo. Y aun así, algo pasa ahí. Algo que no necesita traducción, pero que revela exactamente quién tiene poder y quién no.

La mesa —y la cocina que la abastece— es, muchas veces, una microsociedad. Quién cocina y quién come sin cocinar. Quién sirve y quién es servido. Quién se sienta en la cabecera. Quién come primero. Todo eso comunica jerarquías, afectos y valores que preferimos no ver, pero que están ahí.

Reconocerlo no es para deprimirnos. Es para entender que cuando transformamos lo que pasa alrededor de la mesa, estamos transformando algo mucho más profundo.

Hablar, recordar, convivir

La gastronomía es un lenguaje sin palabras, pero lleno de sentido. Cada comida es una invitación a compartir, a recordar, a pertenecer. En tiempos donde las identidades parecen diluirse y las tradiciones se transforman más rápido de lo que podemos asimilar, la cocina sigue siendo un ancla.

Comemos para nutrirnos, sí. Pero también para comunicarnos, para encontrarnos, para no olvidar. Cada mesa compartida es una apuesta por el encuentro, una forma de decir: aquí estoy, aquí estamos, esto somos.

Porque la gastronomía no solo alimenta el cuerpo. Construye puentes, crea comunidades y nos permite hablar el lenguaje más universal que tenemos.

¿Y tú? ¿Qué historia cuentas —y qué escuchas— cada vez que te sientas a la mesa?

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Referencias:

Álvarez Vázquez, G. y Godínez Vázquez, A. C. (2019). Alimentos y Comunicación: un relato de signos. RUDICS, FES Cuautitlán, UNAM. https://virtual.cuautitlan.unam.mx/rudics/?p=2624

Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural. (s. f.). La apetitosa relación entre lengua y comida. Gobierno de México. https://www.gob.mx/agricultura|dgsiap/articulos/la-apetitosa-relacion-entre-lengua-y-comida

Parra, D. (2024). El lenguaje y la gastronomía. Sibarita, El placer de la cultura. https://sibaritalarevista.com/el-lenguaje-y-la-gastronomia/

Ruizpalacios, A. (Director). (2024). La Cocina [Película].

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