Por Ana del Castillo 

Hay lugares en el mundo donde el lujo se mide por las etiquetas. En México es distinto: la riqueza real está en una sobremesa que se niega a terminar, en esa costumbre tan nuestra de convertir cualquier cosa común en algo completamente extraordinario. Aquí nadie presume el lujo. Simplemente pasa, casi sin que nos demos cuenta, en los detalles que hacen que celebrar la vida en México se sienta distinto a cualquier otra parte del mundo.

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El verdadero lujo, a la mexicana

En México hay un respeto casi religioso por el trabajo bien hecho. Se nota en el mole que alguien se lleva cocinando desde las seis de la mañana porque el domingo hay comida en casa de la abuela; en las manos que durante generaciones han sabido exactamente cuándo el agave está listo para convertirse en mezcal; en el artesano de Oaxaca que tarda semanas en terminar una sola pieza de barro negro porque apurarse simplemente no es la idea. Hacer las cosas bien, aquí, es una forma de respeto: al tiempo, a la gente y a uno mismo. Es quizás el lujo más discreto que existe.

Sentarse a la mesa en México casi nunca es solo comer. Hay algo casi ceremonial en el asunto: el tiempo se estira, las historias salen solas y nadie revisa el reloj. «¿Una más?» es la pregunta que mantiene viva la sobremesa una hora, dos, las que hagan falta; entre risas, alguna anécdota repetida por enésima vez y un trago que nunca termina del todo. Lo que pasa alrededor de la mesa —no lo que hay en ella— es lo que de verdad importa.

En México no se necesita un pretexto para celebrar. Un jueves cualquiera puede convertirse en la mejor noche del mes si la compañía es la correcta, y nadie pregunta demasiado por qué se está brindando. Quizás por eso el lujo mexicano se siente tan a la mano: no depende de una fecha en el calendario, sino de convertir cualquier día en algo memorable.

La belleza en México casi nunca está donde uno la busca primero. Está en la barra donde preparan la mejor margarita, en una taquería que siempre tiene fila, en la música que se escucha por la calle, en una pieza de talavera que alguien convirtió en arte sin pensarlo demasiado. Nada de esto pide que lo notes. Simplemente está ahí, para quien sepa mirar.

Durante mucho tiempo buscamos el lujo afuera, en lo que viene de otro lado. Hoy eso está cambiando: el mundo mira a México por lo que somos, no por lo que copiamos. Nuestra comida, nuestra forma de recibir a la gente, nuestra manera de hacer fiesta a cualquier cosa —eso que durante años dimos por hecho— resulta que era el lujo desde el principio.

Una invitación a saborear lo propio

En un mundo que casi siempre asocia el lujo con lo difícil de alcanzar, México demuestra otra cosa: que la riqueza real está en lo compartido, en lo hecho con tiempo y con ganas. La invitación es simple: mirar lo de siempre con otros ojos y sentir orgullo de lo que ya tenemos. Porque el lujo mexicano nunca ha necesitado presumirse. Solo hay que sentarse a la mesa y dejar que pase.

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