Por Ana del Castillo
Hay costas que se anuncian a lo grande y otras que se susurran de boca en boca. La Costa Chica de Guerrero es de las segundas. No hay pulseras de all inclusive ni filas; lo que hay son caminos de terracería, cocinas sin letrero donde el menú del día lo decide lo que trajo la marea.
Aquí el tiempo parece avanzar a otro ritmo, y cada parada se siente más cercana a una invitación que a un servicio. Simplemente así son las cosas. El visitante no llega solo a comer, también acaba platicando con quien preparó su plato, casi siempre con los pies en la arena y el olor a marisco recién sacado del agua todavía en el aire.
Descubrir la Costa Chica es entender que el mar, la comida y la gente de aquí van de la mano. Por ahí empieza este recorrido.

Te podría interesar: 5 beneficios de comer pescados y mariscos
Entre olas y sonrisas: los pueblos de la Costa Chica
De San Marcos a Punta Maldonado, la Costa Chica recorre kilómetros de playas casi vacías y pueblos que no tienen prisa por nada. Te reciben como si ya te conocieran. Caminar por la orilla al atardecer ya vale el viaje, pero el verdadero anzuelo es el olor a marisco recién sacado del mar que viene de las enramadas y cocinas en el camino. Ahí, en esas mesas de manteles sencillos, las familias pesqueras y las cocineras del pueblo abren la puerta a cualquiera que llegue con hambre y ganas de platicar.
Sabores con raíz: la gastronomía que une al Pacífico
En la Costa Chica el menú lo decide el mar, no la carta. Lo que cae en la red esa mañana es lo que vas a comer: langosta, pulpo, camarones, y demás pescados, también podemos encontrar: tamales de tichinda, arroz a la tumbada. Igual hay caldo de res con plátano macho y barbacoa de chivo para quienes llegan con antojo de algo distinto, o simplemente quieren darles un descanso a los mariscos.
Las recetas se han pasado de cocinera a cocinera durante generaciones, y se nota: cada platillo trae detrás una historia familiar, aunque nadie te la cuente con esas palabras. Pedir un pozole guerrerense o un rompecatres frente al mar es una de las formas más directas de probar que es realmente Guerrero.

Más allá del paisaje: experiencias que dejan huella
Explorar la Costa Chica es sumergirse en vivencias que van mucho más allá de la postal paradisíaca. Aquí, la naturaleza se convierte en aliada: el oleaje tranquilo de Playa Azul invita al esnórquel, mientras que los manglares de Marquelia ofrecen rutas en lancha para quienes buscan observar aves y aprender sobre los programas comunitarios de conservación de tortugas.
En pueblos como Boca del Río, el ritmo pausado y el aroma de los fogones son la antesala de una gastronomía sencilla y memorable. Y para quienes desean profundizar en la historia local, museos como el de la Ballena o el de las Culturas Afromestizas abren la puerta a relatos de resistencia, mezcla y orgullo regional.
Cada parada en la Costa Chica revela una nueva faceta de Guerrero: una tierra donde la hospitalidad es ley y el visitante se convierte, aunque sea por un instante, en parte de la comunidad.
Antes de despedirte de la Costa Chica, date el tiempo de probar un platillo local en compañía de quienes lo preparan. Permítete escuchar las historias detrás de cada receta y déjate llevar, además de recuerdos, el sabor de una tradición viva. Porque en esta franja del Pacífico, la mejor manera de conocer un lugar es sentarse a la mesa y dejarse sorprender.
Continúa leyendo: DG Jamat, pescadería de alta gama


