La Sotomayor: una cantina para quedarse sin prisa

Julieta Cruz
Julieta Cruz
Gastrónoma y doctorante en Comunicación con especialización en vinos por la EMS. Investigadora en periodismo enológico y gastronómico en Ciudad de México, basada en teoría bourdiana, con fundamentos en Sociología y estudios de periodismo. Disfruta entrevistar y difundir la valiosa labor de quienes hacen posible nuestra gastronomía, única y viva en cada ingrediente, sabor y experiencia a la mesa.

En esta ciudad estamos casi seguros de que cada semana abre un nuevo restaurante, y pocos lugares apuestan por algo tan sencillo —y tan necesario— como invitar a quedarse.

Así, hay restaurantes a los que uno va por un platillo específico y otros por la coctelería, el diseño del espacio o la ubicación. La Sotomayor parece apostar por algo distinto: que nadie tenga prisa por levantarse de la mesa. Sin exagerar, cuando nos dimos cuenta, ya habían pasado casi tres horas que se fueron volando. 

Ubicada en una primera planta sobre Anatole France, en el corazón de Polanquito, esta cantina contemporánea busca recuperar una costumbre profundamente arraigada en la cultura mexicana a la hora de la comida, aun en una ciudad donde vivimos a mil por hora: reunirse a comer, brindar y conversar durante horas alrededor de una mesa que rara vez permanece vacía.

La propuesta retoma algunos elementos de la tradición cantinera y los adapta a un formato actual, donde la experiencia gira en torno a la convivencia, la abundancia y una oferta gastronómica accesible para una de las zonas más dinámicas de la Ciudad de México.

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Cantina con personalidad propia

Desde la entrada queda claro que La Sotomayor no pretende reproducir la imagen clásica de las cantinas de antaño. El espacio combina ladrillo aparente, techos altos, espejos, luces de neón y una decoración que mezcla referencias históricas, marítimas y populares. Este espacio está inspirado en el Reino de la Nueva Galicia del siglo XVII.

Entre las estanterías aparecen barcos a escala, globos terráqueos, libros y objetos que evocan antiguas travesías, mientras que en otras áreas surgen frases que celebran el espíritu relajado de la cantina.

“Un amigo en la cantina vale más que dos en la oficina”, se lee en uno de los espejos. La frase resume buena parte de la filosofía del lugar.

Aquí no se trata únicamente de comer o beber. Se trata de encontrar un espacio para la sobremesa, para las conversaciones largas y para compartir la mesa con amigos, compañeros de trabajo o familia. Todo ello ambientado por videos musicales en grandes pantallas, música variada y la energía que imprimen mesas siempre llenas. Y es que esas mesas llenas hablan por sí solas: son la mejor señal de que la gente se la pasa bien y, además, come bien. 

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La mesa que nunca parece vacía

La experiencia comienza prácticamente desde que uno toma asiento.

Antes incluso de ordenar los platos principales, la mesa empieza a llenarse de pequeños antojitos y acompañamientos: papas fritas, aceitunas, queso fresco, embutidos y una variedad de salsas para acompañar totopos, tacos y botanas.

Como cortesía de la casa, durante nuestra visita llegó también la botana: una tostada de camarón a la mexicana, un primer bocado que anticipaba el tono desenfadado de la experiencia.

La sensación de abundancia es constante. Cuando un plato se retira, otro llega a la mesa. Y así transcurre buena parte de la comida.

Un poco de todo y todo delicioso

Comenzamos a ordenar, pues vaya que llegamos con hambre. Nos decidimos por un caldo de camarón y una sopa de tortilla. Platillos clásicos, reconfortantes y perfectos para acompañar la propuesta de coctelería de la que hablaremos más adelante. 

La carta reúne antojitos, tacos, mariscos, cortes y preparaciones pensadas para compartir. Entre los platos más llamativos destacan los sopecitos de tuétano. De masa de maíz azul, se sirven en una tercia con tocino, queso parmesano, salsa y cilantro. Encima de cada uno reposa un huesito para sacarle el tuétano bien calientito, con textura untuosa que invita a degustarlo al momento.

Otro de los favoritos fue el aguachile negro. A diferencia de las versiones tradicionales, aquí la preparación incorpora una emulsión elaborada con ceniza de chile habanero que aporta notas ahumadas y una apariencia oscura que contrasta con el pepino, la cebolla morada encurtida y los camarones. Delicioso, pero picosito.

Apostamos también por el taco Sotomayor y una cachetada de camarón –¿qué raro suena verdad?–. El primero combina cecina natural y enchilada con ensalada de nopales, cebolla frita y queso panela en tortilla de maíz; mientras que el segundo se sirve en tortilla de harina con camarón empanizado y salteado en salsa de cacahuate y una costra de queso fundido. Ambos deliciosos.

Para este punto dudábamos si seguir con antojitos o pedir algo más abundante. Nos inclinamos por lo segundo y llegó a la mesa un chamorro que podía ser preparado adobado, frito, al ajillo, en mole oaxaqueño o en salsa borracha. Optamos por el adobado que llegó servido prácticamente para compartir al centro de la mesa, bañado en adobo ligero y acompañado por tortillas hechas a mano. Así se arman a gusto los taquitos en la mesa con la carne muy jugosa que se desprende fácilmente del hueso.

Finalmente optamos por un par de postres solo para cubrir la cuota dulce y seguir la sobremesa. Un pastel de chocolate y un cheesecake de frutos rojos lograron su cometido. 

Cocteles que provocan conversación

Si la cocina busca generar convivencia, la barra hace exactamente lo mismo.

La Sotomayor ha creado una línea de bebidas conocidas como “Milagritos”, servidas en vasos inspirados en las tradicionales veladoras mexicanas e ilustradas con personajes que forman parte de la cultura musical popular.

Luis Miguel, Paquita la del Barrio, Jenni Rivera, Cristian Castro y Nodal aparecen convertidos en santos patronos de distintas causas sentimentales, aportando humor y personalidad a la experiencia. Además, tienen otros tragos de temporada y clásicos que se suman a su propuesta coctelera. 

La Chica de Humo, uno de nuestros favoritos para abrir apetito, integra tequila, jugo de limón, jugo de piña tatemada y Tajín. También probamos el LuisMi, preparado con ginebra Bombay Sapphire, agua tónica de maracuyá, agua de coco, sweet and sour, limón amarillo y hierbabuena; además del Juan Ga, elaborado con tequila, jugo de sandía, sour mix y Red Bull y presentado en un icónico recipiente que nos recuerda cariñosamente y de inmediato al Divo de Juárez.

También destacó un tónic, el Azul Nice, un vistoso gin tonic elaborado con ginebra Bombay, sour mix, Red Bull tropical, Analogía, naranja y cereza amarena. 

Para concluir, nosotros optamos por unos carajillos, aunque también puedes elegir algún digestivo para cerrar la comida. Si no bebes alcohol también tienen mocktails, kombucha y bebidas frías y calientes en lo general. 

Más allá de los ingredientes, son bebidas diseñadas para convertirse en tema de conversación desde el momento en que llegan a la mesa, ya sea por su presentación, su sabor o la creatividad del trago en sí.

Las tardes de cantina

Uno de los mayores atractivos del lugar es su modalidad de Tardes de Cantina.

Todos los días, de 1:00 a 8:00 p.m., los comensales pueden acceder a un menú All You Can Eat por 389 pesos por persona, una fórmula que permite explorar buena parte de la carta en una sola visita.

Durante ese mismo horario, la casa ofrece promociones 2×1 en coctelería y bebidas seleccionadas.

En una zona donde salir a comer suele representar una inversión considerable, la propuesta busca recuperar algo que durante décadas caracterizó a las cantinas mexicanas: la posibilidad de pasar varias horas alrededor de la mesa, comer bien, brindar y disfrutar de la compañía sin que la cuenta se convierta en la principal preocupación.

Quizá por eso La Sotomayor resulta una propuesta interesante dentro de la oferta gastronómica de Polanco. No busca reinventar la cantina, sino recordar por qué estos espacios han permanecido durante generaciones como puntos de encuentro donde la conversación, la comida y la sobremesa tienen la misma importancia.

Después de unas cuantas horas entre botanas, cocteles y sobremesa, uno entiende mejor la apuesta del lugar: convertirse en esa cantina de confianza a la que siempre dan ganas de volver, tal y como lo anunciaba un gran letrero desde que cruzamos la puerta.

¿Dónde? 

Anatole France 70, Polanco, Polanco III Secc, Miguel Hidalgo, 11550 Ciudad de México, CDMX. 

Horarios: Lun. a Dom. a partir de las 13:00 hrs. 

IG: @lasotomayorcantina 

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