Hay anfitriones que saben hacerte sentir que has llegado al lugar correcto. Conocen la ciudad, entienden sus ritmos, saben cuándo sorprenderte y cuándo simplemente dejarte disfrutar. Te ofrecen una copa después de una larga caminata, un rincón donde descansar, una buena mesa cuando llega el hambre y, sobre todo, esa sensación difícil de fabricar de que siempre hay una razón para quedarse un poco más. En San Miguel de Allende encontré nuevamente a uno de ellos.



Lo interesante es que este anfitrión tiene dos casas, dos personalidades y muchas maneras de recibir. Hablo de Casa 1810 Collection, un proyecto que lleva años formando parte de la vida turística y gastronómica de San Miguel de Allende y que hoy reúne Casa 1810 Centro y Casa 1810 Parque. Dos propiedades muy distintas entre sí, pero conectadas por una misma manera de entender la hospitalidad: desde el lugar, su historia y, especialmente, desde la experiencia de quien llega.
Casa 1810 Centro mira hacia el San Miguel que todos reconocemos y queremos recorrer. Su arquitectura tomó una construcción de los años sesenta y fue incorporando arcos de cantera, balcones y elementos inspirados en la arquitectura colonial para vincularla con el contexto histórico de la ciudad. Casa 1810 Parque parte de una historia completamente distinta: una antigua tenería en ruinas que fue restaurada procurando conservar muros, arcos, techos, piedra y madera originales. Ahí comienza algo que me parece particularmente valioso: ninguna pretende ser la otra.



Y quizá ahí está una de las claves de la buena hospitalidad. No se trata de imponer una fórmula, sino de entender el espacio, respetar su personalidad y construir alrededor de ella. En Casa 1810 Parque esa memoria incluso llega hasta la mesa. La antigua relación del inmueble con los carruajes, los caballos y los trabajos de mantenimiento de animales y monturas permanece en Tené, cuyo nombre hace referencia precisamente al oficio de la tenería. Pero para mí hay otro territorio en el que un gran anfitrión termina por revelarse: la comida.
Porque puedes tener una habitación espectacular y un diseño impecable, pero cuando pasas varios días en un destino quieres comer bien. Y no necesariamente buscas todos los días una experiencia solemne, complicada o agotadora. Quieres variedad, producto, técnica y sabor; pero también quieres una cocina que se adapte al momento, que te permita salir a caminar San Miguel, regresar, sentarte a la mesa y encontrar algo que te apetezca. Casa 1810 ha entendido muy bien esa parte.



La propuesta gastronómica está hoy encabezada por el chef ejecutivo Erick Martínez, recientemente incluido entre los Best New Chefs 2026 de Food & Wine en Español. En Trazo 1810 desarrolla una cocina mediterránea de autor que trabaja con producto local, temporalidad y técnica; mientras que en Casa 1810 Parque, Tené permite cambiar de registro entre una propuesta más casual, sushi y raw bar, comfort food y hasta una panadería artesanal. Eso permite algo que agradezco particularmente cuando viajo: poder repetir sin sentir que estás repitiendo.
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A esa experiencia se suma el trabajo detrás de las bebidas. Mixología, selección de vinos y una cava en Casa 1810 Centro donde el tequila se convierte en punto de partida para una experiencia sensorial y gastronómica, con degustaciones acompañadas por un tasting de maridaje diseñado desde la cocina. No hace falta salir del hotel para encontrar motivos para sentarse alrededor de una mesa, aunque, estando en San Miguel, naturalmente uno quiera salir, caminar, descubrir y volver. Y volver es una palabra importante.

Porque una de las cosas que más me gusta de San Miguel de Allende es que siempre está pasando algo. La gastronomía se ha convertido en una de las grandes razones para regresar y detrás de esa evolución hay restaurantes, cocineros, productores, hoteles, bodegas, eventos y personas que durante años han trabajado para colocar al destino en el mapa culinario.
En esta visita tuve oportunidad de vivirlo de una manera muy especial durante Guanajuato Endémico. La cena en Trazo 1810 reunió distintas miradas alrededor de Guanajuato y su cocina: la de Carlos Gaytán, la de Erick Martínez y la de la cocinera tradicional Eusebia Godínez Ramírez. Tres lenguajes que podían parecer muy distintos y que encontraron en la mesa un territorio común.

Fue una de esas cenas en las que la técnica tenía sentido porque estaba al servicio del sabor y en la que la cocina tradicional no aparecía como una referencia decorativa, sino como parte viva de la conversación. Producto, memoria, creatividad y contemporaneidad compartiendo mesa. Y eso dice mucho más de un destino gastronómico que cualquier etiqueta.

San Miguel ha logrado que la comida sea parte de la razón del viaje. Se viene por sus calles, su arquitectura, sus galerías, sus terrazas y esa energía que difícilmente se parece a la de otra ciudad; pero cada vez más se viene también para descubrir qué está sucediendo en sus cocinas. En ese escenario, los hoteles han dejado de ser únicamente el lugar donde dormimos. Los mejores se convierten en parte del destino.
Casa 1810 Centro, por ejemplo, recibió una Llave MICHELIN en 2024 y mantuvo la distinción en 2025, un reconocimiento que considera elementos que van desde arquitectura, diseño y personalidad hasta servicio y la manera en que el hotel contribuye a la experiencia del huésped y de su entorno. Sin embargo, después de recorrer ambas propiedades, comer, beber, conversar y volver a salir a caminar San Miguel, me quedo con algo mucho menos cuantificable. La sensación de haber sido bien recibido.



Porque el lujo que realmente permanece no siempre es el que más se anuncia. A veces está en recuperar un muro antiguo en lugar de sustituirlo, en conocer la historia del edificio que habitas, en una copa bien servida, en una cocina que sabe cuándo sorprender y cuándo reconfortar, en tener distintas opciones para distintos momentos y en entender que el verdadero protagonista de la hospitalidad no debería ser el hotel. Debería ser quien lo visita. Quizá por eso me gusta pensar en Casa 1810 como ese anfitrión de San Miguel que ha aprendido, con los años, a conocerte un poco mejor.
Tiene dos casas. Tú eliges cómo quieres vivirlas.


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