La noche era más bien algo fría. Pero ese frío que agrada, frío que te hace sacar de la cava tu mejor vino tinto o, como en esta ocasión, como se verá enseguida, el mezcal de Oaxaca era la bebida ideal para acompañar los comestibles.

Encendí la chimenea y el ambiente se tornó de regocijo. Llegaron —sin previo aviso— mi hija Vicky, y Sofía y Daniela, sus hijas. Llegaron a cenar. ¡Pero cómo!, les dije. ¡No tengo nada preparado! Vicky exclamó: “Para eso tienes tu pequeño huerto salvador”, “para eso te pasas las horas de descanso plantando yerbas y frutos que son un regalo de la naturaleza”. Y mi esposa María Luisa agregó: “Huerto que te distrae y te quita el stress citadino, ¿no?”.

Y vaya que sí me salvó de esa inesperada visita familiar. Me satisface tener y cuidar mis plantas. Tengo un árbol de aguacate, un limón real y un limón italiano, una higuera, un árbol de zapote negro, un árbol de capulín, té de limón, epazote, jitomate y yerbabuena; en una maceta están muy orondos unos chiles serranos, está en pleno crecimiento un chayote. Sí, una selva de alimentos.

Total, puse manos a la obra: hicimos la recolección siguiente: del árbol del aguacate cortamos cuatro verdes y suculentos frutos; de la higuera seis higos sonreídores; de la planta rústica del epazote se cortaron unas hojitas; de la planta del jitomate cortamos tres colorados y rubicundos manjares; del limón real, árbol que no dejo que crezca demasiado, cayeron a la canasta cuatro limones saltarines; del limón italiano dos redondos, rechonchos limones para poner unas rodajas en la jarra de agua —mientras se hacía esta recolección del huerto particular, se pusieron a calentar, en una olla de barro, unos frijoles negros que pedían ser comidos al instante, y en el comal, de barro legítimo, varias tortillas le hacían los honores al fuego—. Y ¡zas!, todas las manos colaboraron en las tareas gastronómicas: unas lavaban los higos y los cortaban en porciones pequeñas para tenerlos listos para el postre, otras manos cortaban en finos trozos cebollas y jitomates mientras los aguacates impacientes eran pelados y cernidos en la cazuela de barro para preparar el famoso y rico guacamole. Cuando los frijoles hirvieron —ya tenían sus hojas de epazote, que les dan un sabor único a este platillo— se sirvieron en los platos de la vajilla de barro —sí, noche sencilla, noche mexicana, noche de fiesta familiar, noche del huerto familiar, noche rústica—; el guacamole ya lucía en el molcajete. ¡Ah!, se me olvidaba anotar que a este manjar ya le habíamos puesto unos pequeños —muy pequeños— trozos de chile serrano que en la maceta lucían esplendorosos. Las tortillas echaban humo de contentas. Y tod@s sentados a la mesa, brindando con las copitas de mezcal, y deseándonos suerte en la vida, suerte en el trabajo y suerte en todo, comenzamos de esa manera a rendirle un tributo a la cocina que se nutre y surte del huerto de la casa que nos da el alimento que llena el espíritu —y el estómago también, claro—.

Sofía y Daniela habían preparado los higos que sería el postre perfecto. Yo me encargaba de llenar las copitas de mezcal y servir el agua fresca con las rodajitas de limón italiano. La charla se prolongó varias horas. Sí, digo que es bueno rescatar ese rito tan olvidado de comer, de cenar con los amigos, con la familia y con ello buscar el regreso a lo natural y a la vida sana sin prisas.

Pues, bueno, como dijo mi hija Vicky, qué bueno que tengo este huerto sustentable, pues una vez más me había salvado de un situación alimentaria.

Bien, chère Karla, esta es la historia “sustentable” que te quería narrar. ¿Te gustó?. d

Vale. Abur.

ESCRITO POR Carlos Bracho cbracho@saborearte.com.mx

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