Día del Niño
Día del Niño

Chère Karla:

Mi amiga María tiene un hijo, es pequeño todavía -y qué fortuna tener pocos años; sí, crece uno y el mundo no tiene el color rosa con el que fuimos creados-. Con él jugábamos en un riachuelo. Yo le había construido un barquito de papel –en realidad hice varios- así que éramos los marinos y capitanes de agua dulce de una flota de guerra. María, al ver el cariño que yo sentía por el pequeño, ella me amaba más. Yo feliz, claro. Y Juanito, como yo, que en juegos suelo ser niño todavía, nos divertíamos de lo lindo tratando de hundir los barcos de cada flota. La guerrita fue pareja. Pero lo más divertido de todo fue que cuando Juanito estaba por atacar mi barco insignia ¡Zas! Una ranita saltó y se tomó el agua con la que me iba a hundir. La risa fue general. Y esa risa, Karla, la risa de un niño bien vale un trono, bien vale un día y un año de felicidad. Y claro que la famosa ranita, ya después de haber hecho esa milagrosa salvación, huyó y se fue nadando muy oronda por las aguas y por las piedras del arroyo aquél. María, terminada nuestra aventura náutica, me llevó con un familiar suyo, que habla náhuatl y desciende de esta raza indómita. Y ¿porqué me hizo esta invitación? Porque al narrarle a su abuela Xóchitl de nuestra aventura acuática, esta bella mujer me invitó al día siguiente pues me iba a preparar algo que ya no se acostumbra en las mesas de hoy. Me despedí de María y de Juanito. María, el día de la invitación con su abuela me acompañaría.

El sol estaba en su apogeo, sería las dos de la tarde. En la mesa del pequeño poblado donde su abuela vivía, y cuyos tablones me decían que en ellos quizá Moctezuma había comido algo semejante. El vaso de pulque me cayó de maravilla. Yo sentí a María más cerca que nunca. Juanito se había quedado, después de la escuela, en casa de una tía. Doña Xóchitl, entre español y náhuatl me dijo que me sentará. Un molcajete y unas tortillas de máiz morado y unos chilitos verdes me hacían los ojitos para que yo no los fuera a dejar solos. De la olla de barro salió una especie de caldo y con algunos pedazos de carne. Fue todo un festín. Al final le dije a Xóchtil que por favor me dijera qué era lo que habíamos comido y que habíamos disfrutado como nunca.

Mi sorpresa fue mayúscula: -Te dí, SOPA DE RANAS. Me dijo la abuela y una sonrisa de satisfacción le inundó su rostro indígena.
¿Sopa de ranas…? Balbucee.
-Sí, ¿te gustó?
-Me encantó, Xóchitl, de verdad. Ahora me vas decir la fórmula de esa receta ancestral.
—Uuuuy, sí, -dijo- esta receta me la dio mi abuela que a la vez la había recibido un poco después de  que llegaron los españolitos. Toma nota:

“Se quitan los pellejos y las cabezas a cincuenta ranas –yo nada más puse 10 ranas- y se ponen a cocer en agua con un poco de sal, una cucharada de manteca, ocho o diez pimientas gordas y lo que cabe en tres dedos de nuez moscada rallada; cuando estén bien cocidas se echan en un mortero con el migajón de una torta de pan corriente y se muelen hasta formar una masa que se deslíe en caldo colado del mismo en que se cocieron, y en mayor cantidad del de la olla; se cuela todo por una servilleta, poniéndose después a fuego manso sin que hierva; se ponen las tostadas de pan en la sopera, se remojarán con un poco de caldo de la olla, y al servirse la sopa se baña bien con la sustancia de ranas, procurando que no esté el caldo ni espeso, ni aguado.”

Chère Karla, yo sé que las ranas en las mesas del México de hoy no son bien vistas, a excepción, claro, las ancas de rana que en Francia es todo un rito el comerlas. Bueno, pues esta es la historia de esta sopa que yo no había comido nunca. Este regalo de la gastronomía azteca me fue dado en este mes en que los niños celebran el estar jugando en el mundo que nos ha tocado vivir. Así que vivan las Ranas, y vivan todos los niños –incluído yo- del mundo.

Vale

Carlos Bracho

Web: www.carlosbracho.com

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