Chère Karla:

En algunas épocas del año es conveniente traer a la memoria escenas de la vida diaria que nos dejan gratos recuerdos y al hacerlo se vuelve a vivir aquella aventura. Quizá la niñez, la párvula edad, al ver ese pasado en el día de hoy nos haga sonreír, nos ilumine la cara y nos haga tener completo el día.

Mi niñez transcurrió en el pueblo que era Colotlán, en el estado de Jalisco. Tierra caliente, por lo tanto, allí se vive una eterna primavera o un verano latente. En la calle del barrio bajo en que habitábamos que distaba del río unos cincuenta metros, el paseo diario era el ir a darnos chapuzones en sus cálidas aguas. Luego de jugar, bucear y nadar, llegaba el cansancio y nos sentábamos en unas grandes piedras para tomar el sol. Evidentemente el frío brillaba por su ausencia. Buen tiempo es el calor. Y afortunado niño como yo lo fui ya que en la casa que vivíamos había un patio grande con árboles, y un corral con gallinas y unos cerdos. Sí, gran pasado natural. Porque muchas niñas y niños, en este tiempo, son de departamento y no conocen los ríos limpios y no tienen corral. Total, cuando la sed y el hambre apretaban corríamos –tengo cinco hermanas–, y en la mesa mi madre nos recibía con dos jarras de un litro cada una con agua de limón; al otro día lucían las jarras con el agua de mango; y en la alacena guardaban su turno las otras dádivas de la naturaleza: las guayabas, la chía, las naranjas, la piña, el tamarindo, la horchata, la Jamaica, el coco, la guanábana, el melón y la sandía (y varios etc.) 

O sea que, por el verano, el calor, por el clima benigno y después de nuestras excursiones al rio y tomar baños de sol, las saludables bebidas nos daban más ganas de jugar, nos proporcionaban algunas vitaminas que nuestros cuerpos necesitaban.

Señalo esto porque debemos recordar que la hidratación que nuestro cuerpo se merece la debemos de adornar y completar con las frutas. 

Sí, lo que le hemos dicho a los griegos: gracias por su sabio consejo: “Cuerpo sano en mente sana”.

Sigue con: Horchata de mi corazón

Y como la pandemia no amaina su poder maligno es cuando más cuidado debemos de tener con nuestra alimentación. Mucha agua pura –en mi familia la hervimos varias veces y luego entra al colador, y de allí a la jarra­– y siempre habrá en la mesa, para calmar el calor, la sed, las aguas arriba descritas. La salud es vital para nuestro cuerpo. Ayudémoslo dándole lo mejor de vegetales y frutos que en nuestros mercados existen.

¿Mucho calor? Agua de chía. ¿Hizo mucho ejercicio? Agua de mango. ¿Realizó su caminata dominguera? Agua de guayaba. ¿Tiene sed? Agua de naranja. ¿Hizo la jardinería? Agua de horchata. ¿Barrió la banqueta y la azotea? Agua de tamarindo. ¿Está viendo una película que se desarrolla en pleno desierto y el héroe ya no tiene agua en su cantimplora y tiene los labios más que resecos? Usted tome la jarra y sírvase un vaso gigante de agua de limón. ¿Sacó a los perros a correr al parque? Agua de melón. ¿Hizo sus ejercicios matutinos? Agua de coco. ¿Lo pusieron a destapar el lavabo y que no cedía ante sus esfuerzos, pero después de media hora de dale que dale, el éxito? Entonces, agua de sandía.

Sí, chère Karla, siempre habrá una deliciosa solución para los calores, para mitigar el cansancio, para sentirse a gusto con el verano.

Y como recordé el calor de Colotlán y tengo para mí el verano de este mes de julio me dieron ganas de tomar un vaso de agua, en la jarra estaba rebosante y me hacían guiños los trocitos de unas guayabas.

¡Salud!

Carlos Bracho

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