Colaboración Julieta Cruz y Manuel Vega

Noviembre es una fecha intermedia entre dos épocas que nos remiten a la calidez del hogar. Entre los antojos del otoño y los sabores típicos del invierno, hay una montaña de productos en los cuales pensar: los antojitos de las fiestas patrias, el pan de muerto, el pay de calabaza, el puré de papa con gravy y el pavo de thanksgiving; el vino caliente que ya se asoma en algunas casas de influencia francesa, y muchas más delicias que se encuentran a punto de llegar con las fiestas de navidad: bacalao, romeritos, pierna, pavo, pozole… si seguimos, la lista sería interminable y evidentemente, variará entre cada uno de nosotros y a la vez de familia en familia.

Ahora bien, hubo algo que en particular nos ha remitido a pensar en este mes: comfort food. Esta quizás sea el tipo de comida de la que menos se habla y que a fin de cuentas, inunda nuestras comidas en el día a día. En lo cotidiano disfrutamos de un sinfín de platillos a los que pocas veces prestamos atención o los enaltecemos con el cariño y el respeto que merecen. Se trata de comida que está al alcance de todos, es sencilla y no requiere grandes preparaciones.

Son platos que nos reconfortan la panza, el alma y hasta el corazón. Nos llegan de la tradición familiar, de los hábitos y costumbres del pueblo en donde crecimos, vivimos y hasta suelen llenarnos de buenos recuerdos. Se trata de una categoría de comida a la que hemos decidido dedicar esta nota y aunque sabemos que no para todos será coincidente, intentamos rescatar –y antojarles– un poco de nuestra selección traída desde la nostalgia.

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Para comenzar… algo calientito

Llevo un par de semanas con el antojo de algo que seguramente muchos han comido más de una vez en estas semanas: sopa de fideos ¿a quién no le gusta este clásico? Ya sea solita, con verduras, con jamón y hasta con plátano, ésta sopa se ha vuelto un favorito en las mesas de nuestras queridas y socorridas fonditas.

Otro tipo de sopas que nos hacen sentir reconfortados son los caldos y consomés. El caldo de pollo con verduras, arroz y garbanzos acompañado de cebolla cruda, cilantro y chile serrano picaditos es un clásico, que quizás a muchos les recuerde el amor de mamá porque era (y es) común consumirlo cuando hemos estado enfermos. ¿Consomé de barbacoa? ¡Por supuesto! Este almuerzo de muchos los domingos después de misa (o no), es de lo más reconfortante que puede haber –y no es que sea necesario para curar las crudas–, porque su sabor cárnico nos llena de felicidad el paladar y no queremos ver el fondo del plato, tanto que a veces ordenamos doble ración.

Lo consistente: de guisos y guisados

Tacos de milanesa

De lo más casero que se me ocurre cuando pienso en comida cómoda y reconfortante, es la milanesa. De res, de pollo o de cerdo, con papas, frijoles o ensalada, una buena milanesa no se desprecia. Aunque se trata de una comida frita, en este momento no nos preocupemos por las calorías, solo del sabor y de los recuerdos. Una milanesa bien hecha será crujiente por fuera pero jugosa y suave al interior. Servida en tacos con un poco de salsa verde y hasta un poco de guacamole; sola comiéndola con cubiertos o hasta en una torta –como buenos chilangos–, una milanesa es y será la reina del comfort food en México. Otro de nuestros favoritos son los tacos dorados, acompañados con lechuga, crema, queso doble crema o canasto y una salsa picosita… ya los puedo imaginar y por ende, empezar a salivar. Para terminar con esta categoría sin importar si uno está en casa o en la calle: siempre podemos disfrutar de tacos de guisado que decoran de variopinto el panorama con sus rellenos: arroz con huevo, chicharrón en salsa verde, bisteces en pasilla, tortitas de pollo o carne en salsa, de chile relleno, de chorizo con papas, de tinga… la lista sigue y sigue, pero esta típica variedad de guisados servidos en tortilla de maíz calientita y del día, se ha convertido en un acierto a toda hora.


Otros predilectos que no supimos categorizar entre sopas y guisados por su dualidad caldo-proteína son el mole de olla, la pancita y el pozole… y como bien diría Tin Tan: “frijolitos calduditos con chilito picadito y tortillitas calientitas sacaditas del comal”… de algo sí estamos seguros, ¡Nos encantan!

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A comer con “Los Agachados”

Y no… no necesariamente pancita. ¿Qué sería de nosotros sin quesadillas (con o sin queso), sin sopes, huaraches de bistec o gorditas de “chiiii-chaaa-rrrrooooón” (haciendo otro guiño al buen Germán Valdés)? Sin el sonido de las frituras en el aceite hirviendo, que es como otro alimento para el olfato y el oído, no sabríamos qué sería de nuestra identidad como mexicanos. Estos aromas para muchos evocan memorias en familia o momentos de diversión.


Cenar tacos después de un buen partido de fútbol o bien, tamales un domingo en la mañana, nos hacen recordar ese familiar aroma que nos lleva a levantarnos temprano con el fin de “todavía alcanzar”. Para aquellos de colmillo más filoso se reservan las carnitas, las flautas de barbacoa o los tacos de mixiote en los tianguis de los fines de semana.

La dulzura esponjosa: el pan

El pan sea quizá uno de los antojos y gustos más culposos de todos y esto es, porque no podemos parar de comerlos. La mayoría de los mexicanos (a menos que padezcan una intolerancia al gluten o bien, sean pacientes celíacos) somos asiduos consumidores de estos productos y es que ¿cómo no serlo en un país con tan amplia y rica variedad de los mismos?

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Ya sea una concha, un ojo de buey, una rebanada (con su margarina y azúcar encima), una dona de chocolate, un garibaldi, una trenza, una cartera de piña, un ocho glaseadito, un marranito de piloncillo, un cocol de anís, una corbata azucarada, una orejita con chocolate, una banderilla doradita, un taco de piña, un beso con mermelada de fresa, un polvorón con chochitos de colores, una chilindrina doradita, un barquillo relleno de crema pastelera… En fin, sin importar el favorito, un pan de dulce acompañado de una bebida caliente siempre nos dejará con el alma endulzada.

Para sentir hay que beber

Hay momentos en la vida que solo se pueden revivir de cierta forma, y es a través del paladar, ya que no siempre se toma algo por sed. Existen situaciones donde un simple chocolate caliente aunado a un clima frío, tienen la capacidad de llenar más de lo que imaginas, recuerdos de la infancia, celebraciones o incluso memorias de alguien especial en una taza.

Un atole –el cual podría describir como un abrazo al alma– es el acompañante perfecto para mil situaciones, así como también para muchos el buen pulque o cálido tequila pueden ayudar a pasar las penas o recordar lo divertido que es estar en el presente. Desde el agua de horchata, jamaica o tamarindo hasta la de cebada o el tejate tienen historias por contar y situaciones que necesitamos volver a vivir, por eso tenemos que recordar que las bebidas también nos ayudan a diluir los sentimientos en el cuerpo.

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Dulces para el corazón

Si bien, los caldos y guisados nos generan calidez, también existen recuerdos con sabores más delicados, que hacen recordar momentos fugaces. ¿Quién no recuerda el aroma del arroz con leche cuando éramos niños? Esa leche caliente abrazada de un toque de canela dulce que invita a buscar la fuente de tan delicioso olor; o el ver unos crujientes buñuelos calientitos que recuerdan a la época navideña o a las fiestas patronales de la colonia, es una sensación indescriptible.

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Si en algún momento has tenido la oportunidad de probar churros –y si no, ¿qué esperas?–, es inevitable pasar al lado de una churrería y no perecer ante las ganas por entrar, pedir una bolsa con delicadas frituras azucaradas y encaneladas acompañadas de chocolate caliente y espeso para luego perderse lentamente en su sabor, o recordar el flan napolitano que preparaba algún familiar con tanto amor o que se compraba en una feria local. ¿Gelatina? De leche, de agua, combinada, mosaico o como llegue, es un postre casual, común, sencillo pero delicioso que nos recuerda lo simple pero delicado que es el gusto mexicano. A lo largo de toda la República Mexicana existen postres y dulces especiales que nos recuerdan lo rico que es terminar una buena comida, porque no importa lo lleno que te encuentres, siempre habrá un hueco para el postre en tu corazón.

La gastronomía mexicana siempre estará llena de emociones y sentimientos y es por ello que nos sentimos orgullosos de haber nacido en esta tierra, donde todo se prepara y se come con nostalgia familiar pero principalmente, con mucha pero mucha pasión.

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