Sí, como les he platicado, chère Karla, mis primeros años transcurrieron en Colotlán, Jalisco. Tierra caliente, tierra de alacranes, tierra de buenos campesinos, tierra de charros luciéndose en los jaripeos y yo gozaba todas las suertes y aplaudía con ganas las florituras con la reata y con el novillo.

Al terminar las faenas y acentuar el dominio de las yeguas, todos, a juntarse en el corral con los compadres y las comadres, y en una cazuela de barro grande preparar un guacamole que le saque brillo al sol, pues el chile de árbol y la cebolla y la sal de grano, el jitomate y una pizca de ajo, le darán ese sabor que lo llevará a uno a ver estrellas, y en la barda de adobe sentarse y escuchar a los charros, héroes del pueblo, decir ¡Salud! con un jarrito de barro copeteado del tequila que le dará sabor al caldo.
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Pasaron los años y yo, ya en Guadalajara, en la edad del servicio militar, podía echarme, al menos, una copita del tequila que más me gustaba. Había veces, que ya picado, me tomaba la otra, pero era la última, era la del estribo. Regreso a Colotlán, como nuestra casa estaba casi junto a la placita de toros, y como los fines de semana llegaban los que traían el cine por los pueblos, la plaza de toros era el lugar y a mitad del coso levantaban una pantalla y en las noches, me deleitaba con María Félix y con Dolores del Río, y claro, odiaba al maloso de Andrés Soler que mataba a Jorge Negrete. Claro que antes de morir, en la película, el gran charro mexicano se echaba entre pecho y espalda unos tragos de tequila que lo ayudaban a aguantar el dolor de no ser besado por la Doña. Y quien me iba a decir que, con los años, yo sería el galán de María Félix y de Dolores del Río. Uff, “qué tiempos aquellos, señor don Simón”. Y lo digo, nunca, chère Karla, me pasé de la dosis que señalo.

Ya viviendo en Guadalajara, mi padre, que era un buen tequilero, por la forma ritual de tomarlo: una rebanadita de limón y en el dorso de la mano echarse unos granitos de sal, y pa´dentro, como decía mi compadre Chuy Balandrán (A mi padre, jamás lo vimos en mal estado, jamás llegó a la casa haciendo ochos), sí, mi padre, era un tipo que no le hacía el feo a dos o tres caballitos de tequila, consumidos estos, sentado a la mesa de la casa, en donde no faltaba el molcajete echando lumbre con el guacamole adornado con chilitos toreados, y coronado con unas rajas de queso Cotija. Venían luego unos frijoles refritos (manteca, ajo, chiles, epazote), acompañados con unas tortillas de maíz morado, y rematado el huateque con unas enchiladas de las de a deveras: Tortillas, un poco fritas, bañadas con una mezcla de chiles guajillo secos; jitomate, cebolla, pollo, queso rallado. Se pueden servir con un poco de crema. Al gusto.

Y como un comentario, no al margen, digo que yo acababa de terminar el servicio militar, y como empecé a trabajar como cargador en los ferrocarriles, llegaba al hogar con harta hambre y sed. Y entonces, como los abuelos de antes lo hacían, había veces que, antes de comer, me empujaba una copita de tequila. En ese entonces había sólo unas cuatro o cinco marcas de tequila. Y no era una bebida que las clases altas la tomaran, no, eran un poco para la plebe y para las no tan plebes. Y mira nomás, chère Karla, el lugar que el tequila tiene hoy en los bares del mundo. Sí, esa bebida de los charros mexicanos conquistó las gargantas de hombres y mujeres de innumerables países, y ahora existen tantas marcas que uno no se da abasto para tenerlas en la cava.
Bien, amigas insumisas, amigos de la cocina, ¡Salud! con el tequilita de su preferencia.
Buen provecho. Y como los griegos decían ¡NADA EN EXCESO!
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