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La comida funciona como un vínculo al pasado, nos lleva a recordar los momentos con quienes más hemos querido. Hoy, en el marco de la celebración del día del padre, nos vienen a la mente esos tiempos a la mesa para recordarnos que, aunque algunos ya no están en la presencia con nosotros, su memoria siempre nos acompañará.

Imagen de StockSnap en Pixabay

Mi fascinación por lo gastronómico se la debo en definitiva a mis papás. De mi madre y sus bisteces en pasilla con papas, el caldo de habas con nopales, los sopecitos con chorizo del pueblo, el arroz con leche (en realidad más leche que arroz) o el pastel de siete limones. De mi padre y su ritual dominical, el invite obligado a la reunión familiar en un restaurante de cadena, que por un día a la semana era un escape a la rutina cuando la hora de comer llegaba. 

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Pienso en aquellos días cuando era tan sólo una enana de diez años; me apresuraba a terminar la comida en el restaurante y le pedía a papá para ir a comprar dulces. Él me miraba con gracia y sacaba de la bolsa de su camisa un billetito azul de veinte pesotes y me decía: “Ándale condenada, mi consentida”.  Mientras todos los demás acababan de comer yo corría a la tienda del lugar y surtía mis antojos. Al regresar a la mesa, por lo regular ya se había pedido la cuenta y si no mal recuerdo, siempre vi que se dejaba  a la mesa de una o dos monedas de diez pesos de propina. ¡Qué tiempos aquellos! Un momento… ¿diez o veinte pesos? El servicio no era malo, aunque no dudaría que hubo ocasiones en que sí, pero conociendo a papá creo que más que el servicio, para él dejar propina era un simple gesto de cortesía o amabilidad. No lo justifico, pero no tengo ya manera de preguntarle.

Foto de Los Muertos Crew en Pexels

Otra de las anécdotas que tengo de mi padre, era cuando nos deteníamos en la carretera rumbo a Chalco en un puesto de quesadillas. Sólo recuerdo que conocíamos esa parada como las quesadillas de Doña Imelda. No tengo una imagen de la cocinera, lo que sí, que era un puesto junto a la carretera alrededor de un comal avivado con leña y con antojitos de masa de maíz azul. Sabores puros, de maíz local creo yo, queso Oaxaca y champiñones con epazote. Para una niña de menos de 10 años, eso era ya la fascinación. El quesillo humeante derretido haciendo hilos de la quesadilla hasta mi boca era todo un agasajo que jugueteaba con las notas de epazote en el vapor que se desprendía de aquel manjar, mientras el viento frío de la carretera se intensificaba con los autos que pasaban a alta velocidad. Mis padres tomaban café de olla y yo creo que un Boing

Recuerdo que mi padre era fanático del soccer, tenía su equipo formado con sus trabajadores, les compraba uniformes y todo lo necesario. En alguna ocasión (supongo fue el mundial de Francia 1998), cuando cursaba la primaria y llegué de la jornada escolar a casa, papá estaba viendo el partido antes de ir a trabajar. Un día me preguntó que a qué equipo le iba (yo sin saber nada de fútbol más qué hay que tirar gol a la portería del equipo contrario), y sólo respondí “pues al que va ganando”. Él, después de echar algunas carcajadas me dijo: “Hagamos una apuesta. Si tu equipo gana te doy 20 pesos y si el mío gana… ¿tú qué me das?”. Luego de pensarlo un par de minutos dije a toda voz: “¡Unos platanitos o unos maicitos!” Sabía que a mi papá le gustaban los plátanos dominicos y el cereal de hojuelas de maíz. A veces perdí, pero también gané y esta apuesta se repitió durante todo el mundial. 

Imagen de Stefano Ferrario en Pixabay 

Otra de las cosas que nunca olvido es que cada domingo salíamos a comer (a donde fuera, un Sanborns, Vips, Wings, Toks, Portón y todos esos restaurantes de cadena en los 1980 y 1990) y el restaurante lo elegía el integrante de la familia que cumplía años próximamente. Para mí eso era genial porque tenía casi cinco meses libres para elegir mientras que algunos de mis hermanos solo tenían 3 días, pues cumplían en fechas muy cercanas. Como presa de la mercadotecnia yo siempre quería ir por una cajita feliz al restaurante de la gran eme amarilla, pero papá siempre decía que ahí no aceptaban tarjeta y él, los domingos, no traía efectivo (la verdad es que como a él ni a nadie le gustaba ir ahí, eso me decía y yo me la creía). Agradezco haya sido así pues disfruté de cosas mejores.

Anécdotas con comida y con mi padre hubo varias: de cuando traía pan del pueblo –de ese hecho con manteca de cerdo que aunque esté duro lo calientas en un comal y se hace suavecito y delicioso otra vez–; o ese mole rojo también del pueblo (enclavado en el estado de México, Tejupilco de Hidalgo) con sabores particulares de la región acompañado de tamalitos nejos y pieza de pollo o guajolote encima; de cuando íbamos a Acapulco de vacaciones y comíamos pescados y mariscos, y tomábamos agua de coco en la playa del Revolcadero; de cuando llegaba por las noches y mandaba a algunos de mis hermanos por tacos al pastor o parrilladas para cenar, del café con leche que compartimos todas las mañanas, de cuando traía manzanas o refrescos con notas a sidra de Zacatlán o cuando recogimos chayotes espinosos y llenamos varias cubetas con ellos en un terreno que tenía papá en Chalco, lo que nos llevó a comer chayotes en casa por más de un mes.

Foto de Tatiana Syrikova en Pexels

Una más que tengo en mi baúl de memorias con el paladar, me recuerda que cuando llegaba con la boleta escolar llena de buenas notas (dieces casi siempre, porque desde entonces la ñoñez es lo mío), papá me decía que fuéramos a un Lynis ¿lo recuerdan? Me encantaba ir ahí al buffet: una barra repleta de fruta fresca, yogurt y cereales, verduras para ensaladas, guisados, pancita, sopas, antojitos hechos al momento y lo mejor, una barra de postres. La comida servida a mi gusto era mi manera de celebrar los bimestres escolares exitosos.

Imagen de Engin Akyurt en Pixabay

Que haya elegido el camino de la gastronomía como vocación, quizás sea accidental o quizás no, pero las anécdotas con mi padre siempre se quedarán en la memoria y en el corazón. A veces son los detalles más pequeños los que hacen la diferencia, quizás para papá era una simple comida, para mí son esos recuerdos los que me mueven el tapete y me hacen pensarlo con más cariño. 

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Y como al buen Ego (referencia a Ratatouille incluida), al probar alguno de esos sabores o visitar esos lugares en donde alguna vez se compartió alguna comida, vivimos una regresión a través del paladar. Así que no me queda más que invitar a compartir momentos alrededor de la mesa con quienes más quieren, porque en muchas ocasiones los aromas y sabores nos hacen revivir esos lugares y momentos de felicidad. Sin más, ¡feliz día del padre!

Foto de Elly Fairytale en Pexels
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